martes, 8 de marzo de 2011

El cine de vampiras de Jean Rollin


Como si fuera poco el Noctambulante (el primer viernes de cada mes) y el maratón casero de la neuropandilla (el segundo o tercer sábado de cada mes), acabo de agregar otro maratón nocturno de cine a mi agenda mensual. El último viernes de cada mes, Jorge Grajales organiza ciclos de cine "exquisito," para conocedores y clavados de gustos diversos. Según tengo entendido, estos ciclos en el Centro Cultural José Martí (afuera del metro Hidalgo) los había hecho antes pero después se suspendieron por un largo tiempo. Afortunadamente, este 2011 el señor Grajales vuelve a las andanzas y nos deleita con selectas películas poco conocidas y difíciles de conseguir. A modo de introducción, el mencionado presentador habla a profundidad de cada cinta, iluminándonos con conocimientos y datos de trivia bastante interesantes. El lugar mismo es muy cómodo, con butacas estilo cine que no ocasionan los consabidos dolores de espalda tras pasar la noche acostado en el suelo.


El pasado mes de febrero cerró con un homenaje al director francés Jean Rollin, quien falleció en diciembre del año pasado. Director de culto, su cine se caracterizó por ser de bajo presupuesto y por ir siempre en contra de lo que se acostumbraba filmar en Francia. Sus filmes van de la serie b al surrealismo, siempre sumergido en el género fantástico con fuertes inclinaciones al horror. Un  elemento recurrente en su obra es el erotismo lésbico, muy apropiado dado que la mayoría de sus películas son de vampiras. También hay uno que otro vampiro, pero en general predominan las no-muertas.


El ciclo dio inicio con su ópera prima, Le viol du vampire (La violación de la vampira, 1968). Originalmente iba a ser un mediometraje de cuarenta minutos para formar parte de un programa doble, pero a la mera hora le pidieron que lo alargara al doble. Como ya había matado a todos su personajes, inventó una especie de secuela presentada como un segundo acto. En la primera mitad, tres científicos buscan a unas hermanas que creen ser vampiras para convencerlas de que sólo están locas, pero terminan dándose cuenta de que tienen la razón y lo sobrenatural existe. Para la segunda parte se muestra que las hermanas eran parte de un culto de vampiros, pero un grupo separatista busca una cura y atenta contra la vida de su reina.


Incoherente, con huecos en la trama, malas actuaciones, efectos chafísimas, vestuarios horribles (al mismo tiempo que reveladores) y situaciones absurdas, es no obstante una obra interesante de contemplar, con una estética similar a su contemporánea Night of the Living Dead (George A. Romero, Estados Unidos). También es digno de mencionarse que se hizo durante el pleno apogeo de la nouvelle vague, ignorando por completo a dicha corriente.


La segunda función consistió en Requiem pour un vampire (1971), con tintes fellinescos debido a la presencia de dos chicas vestidas como payaso al principio. Me pareció impresionante que durante los primeros cuarenta minutos no hay una sola línea de diálogo y aún así logra cautivar la atención. Empieza con las mencionadas payasitas, que van huyendo de algo indefinido y se refugian en un castillo. Como no tienen nada mejor que hacer, deciden desnudarse y tocarse la una a la otra. Luego se topan con unas vampiras que intentan seducirlas y convertirlas y ellas deben decidir entre la vida eterna o su humanidad.


Como el productor de Rollin en esos tiempos le exigía que hubiera un metraje mínimo mostrando desnudos, hay una extensa secuencia en la que los lacayos de las vampiras se dedican a violar y torturar a cantidad de mujeres sin la menor justificación.


La noche continuó con Le frisson des vampires (1970, que debería traducirse como El temblor de los vampiros pero por alguna razón se le conoció como El amanecer de los vampiros). Para mi gusto la mejor de la noche, también el mayor éxito comercial de Rollin. Una pareja recién casada decide visitar el castillo de los primos de la novia, sólo para descubrir a su llegada que estos fallecieron recientemente.


Perturbada por la muerte de sus únicos familiares, la mujer le pide espacio a su nuevo marido y duerme por su cuenta, pero al parecer no hay nada que despierte su curiosidad homoerótica como el luto, ya que una vampira hippie se le aparece (saliendo de un reloj) y la seduce. Luego descubre que sus primos también se volvieron vampiros y, poco a poco, su esposo nota como se aleja de él ante la promesa de una vida eterna de opulencia y voluptuosidad.


A la hora más difícil de la madrugada vimos Lévres de sang (Labios de sangre, 1975). A pesar de que en esta se notaba un mayor dominio de las técnicas cinematográficas y un distanciamiento del soft porno de sus anteriores películas (no sin sus generosas dosis de desnudez parcial o total), el ritmo tan pausado y la historia tan poco lineal me dificultaron verla a esas horas. Una especie de historia de amor, sobre un hombre que recuerda un encuentro en su infancia con una niña y se obsesiona con reencontrarla, termina descubriendo que es una vampira y se le pide que termine con su vida. Con atmósferas melancólicas y etéreas, es un ejercicio más artístico que el resto de la obra de Rollin.


Para terminar el maratón vimos Les deux orphelines vampires (Las dos vampiras huérfanas, 1997), una de las últimas cintas del director. Adaptada de una novela de Rollin, nos cuenta la historia de dos núbiles jovencitas huérfanas y ciegas que son adoptadas por un oftalmólogo. Lo que nadie sabe es que de noche pueden ver, aunque todo lo ven azul (y se usa un filtro de ese color para filmar las escenas nocturnas), y salen a recorrer la ciudad y a beber la sangre de víctimas incautas que atraviesan su camino. Estas encantadoras vampiritas recuerdan (o imaginan) su vidas pasadas como monstruos o como diosas aztecas, recibiendo sacrificios de sangre en su honor y siendo perseguidas y exterminadas una y otra vez, para renacer y empezar de nuevo, siempre juntas. Empieza muy bien, sin embargo se vuelve muy pesada y el final se tarda mucho en llegar, además de que varios pasajes se sienten más literarios que fílmicos.


Sólo puedo agregar dos cosas: me encantó conocer esta probadita de la obra de este cineasta tan ignorado por el mundo en general, y seguro estaré en los siguientes maratones en el José Martí.

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