lunes, 7 de noviembre de 2011

A history of violence


Pues resulta que leí el comic -escrito por John Wagner, ilustrado por John Locke y publicado originalmente por Paradox Press, hoy Vertigo- y vi la versión cinematográfica -dirigida por David Cronenberg en 2005- para escribir mi artículo inaugural en una columna con los colegas de Pánico de Masas. Échenle un ojo si no lo han hecho aún.

Apollo 18

(Gonzalo López Gallego, Estados Unidos, 2011)

Tomada de pelo que podría definirse como "La bruja de Blair y Actividad paranormal en el espacio." Subiéndose al tren del éxito gozado por Paranormal activity (Oren Peli, Estados Unidos, 2007), este filme explora la premisa de que la misión Apollo 18 no fue cancelada, sino que se llevó a cabo pero lo que descubrió se mantuvo en secreto por ser tan terrible: piedras que se mueven y atacan. Comienza con mucha seriedad, pero conforme avanza se les olvida que se supone se trata de pietaje auténtico y recurre a efectos demasiado retocados y a ángulos muy estéticos. Una auténtica pérdida de tiempo que sólo intenta capitalizar una tendencia de moda.

Contando a mis ex

(Mark Mylod, Estados Unidos, 2011)

Definitivamente un placer culpable. Con una premisa un tanto machista -la cual tacha de "golfa" a una mujer que acumule más de veinte parejas sexuales en toda su vida-, me resulta curiosa la manera en que las comedias románticas confunden y hacen ambiguos los límites entre amor, sexo y matrimonio. Ally, preocupada por haber tenido relaciones sexuales con diecinueve hasta el momento -en la eterna búsqueda del príncipe azul-, decide elegir bien al vigésimo para casarse con él y estar dentro del límite de lo aceptable. Sin embargo, una noche de tragos acaba con sus esperanzas, por lo que decide buscar entre sus ex novios a alguno que haya "mejorado" y se haya convertido en un buen partido. En el trayecto recurre a su vecino patán para que le ayude a rastrearlos. Como es de esperarse, el patán también tiene sentimientos y creo que no le arruino nada a nadie al revelarles que al final terminan juntos. Predecible y bastante ingenua, es no obstante bastante divertida. No me puso de malas como otras películas del mismo subgénero, creo incluso que es la mejor comedia romántica que he visto este año. Aunque peca por completo de ser chick flick, poniendo al hombre "ideal" para muchas mujeres: con su lado indomable, patán y peligroso, pero en el fondo tierno y detallista. De esos que no existen.


En resumidas cuentas, me hizo reír, pasé un buen rato, y Anna Faris se ve MUY bien. Su cara es extraña, su voz puede llegar a ser fastidiosa, pero el cuerpazo que luce en esta cinta -apoyado por el vestuario que eligieron para ella- la hace ver maravillosa. Suficiente razón para echarle un ojo, al menos a mi parecer.

martes, 25 de octubre de 2011

Gigantes de acero

(Shaw Levy, Estados Unidos, 2011)

Sería fácil decir que se trata de una película más en la que un "elegido" recupera la fe en sí mismo y logra cambiar su mundo: se queda con la chica, recupera a su hijo, derrota al "villano" invencible y, considerando todo, triunfa como los grandes. En efecto, es todo eso, pero hay más. El director, que hasta ahora sólo había dirigido comedias, decide entrar al terreno de la Ciencia Ficción por la puerta lateral, haciendo algo lo suficientemente cercano a nuestra realidad cotidiana como para no alienar al público mayoritario. Realiza una película hollywoodense bien hecha, emocionante, emotiva y divertida. También se nota la mano del productor, Steven Spielberg: el personaje infantil llega a ser insoportablemente entrañable.


Ligeramente basada en un cuento de Richard Matheson, la historia se desarrolla en el cercano año 2020. El conflicto que enfrenta Charlie Kenton (Hugh Jackman) es interesante: un hombre venido a menos, boxeador de corazón hasta que fue reemplazado por androides, recorre amargado y sin esperanzas el país, con deudas hasta el cuello y ninguna obligación. El resurgimiento de un hijo al cual abandonó al nacer se le aparece como una oportunidad de hacer dinero por medio del chantaje, pero una vez que convive con su progenie se da cuenta de que el chico tiene mucho más de él de lo que quisiera admitir. Apoyado por la gente que nunca ha dejado de creer en él, reconstruye un robot de entrenamiento y juntos le infunden la chispa "humana" que lo lleva a triunfar una y otra vez contra todos sus oponentes.


A pesar de ser bastante complaciente, no está exenta de momentos duros. Un personaje fugaz -el de un redneck que se cobra una deuda a la mala- aporta una escena de sordidez que nos recuerda que no todo es de color rosado. Eso, los efectos visuales, el carisma de Jackman y las piernas de Evangeline Lilly son motivos suficientes para darse una vuelta por las salas de cine a echarle un ojo a esta cinta.

El diablo me obligó


Si hemos de creerle al texto al final de la novela, este libro -que recién vio la luz este año dentro del sello Suma de Letras, de la editorial Santillana- surgió de manera similar al Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley y El vampiro (1819) de John William Polidori. Tras una noche en Monterrey, en la cual tuvo lugar una charla sobre cazadores de demonios, Edgar Clement, Francisco Ruiz Velasco y el autor de la novela aquí reseñada, Francisco G. Haghenbeck, se propusieron escribir sus propias versiones del mismo tema. Haghenbeck ya antes había utilizado algunos de estos conceptos en el comic Crimson, del sello Cliffhanger y posteriormente de Wildstorm, que fue publicado a finales de los años 90. Clement los incorporó en sus novelas gráficas Operación Bolívar (Editorial Palneta, 1995) y Kerubim (Caligrama, 2007). Se supone que Ruiz Velasco está trabajando en un largometraje inspirado en las mismas ideas.

Elvis Infante, un chicano bastante entrañable, es un diablero: se dedica a capturar ángeles y demonios para su posterior venta a diversos interesados que los emplean para muchas cosas, que van desde la elaboración de drogas y bebidas alcohólicas (el infame chínguere) hasta su esclavización y uso en círculos de peleas clandestinas y apuestas estratosféricas. A él se unen el padre Benjamín -un sacerdote sin fe y con mucha suerte con las mujeres-, la Curlys -una prostituta que "vende" su cuerpo para ser poseída por demonios que son subsecuentemente capturados-, el capitán Potocky -un militar de ascendencia polaca que introduce a Infante a su verdadera vocación-, Trou Macaq -un negro del bayou con falso acento y más falsas lealtades- y muchos otros personajes igual de pintorescos en una historia de conspiraciones y realidades ocultas. Utilizando artículos ficticios, noticias y correspondencia entre altos mandos se construye una realidad parecida a la nuestra, pero mucho más siniestra.

Como ya antes ha hecho en otras de sus obras, Haghenbeck nos presenta un desarrollo que no es estrictamente cronológico, empezando en el presente para ir saltando hacia atrás y adelante, construyendo dos narrativas principales: una de hace un año en Los Ángeles y otra de cinco años atrás en las cuevas de Afganistán. A pesar de que dichos saltos temporales no crean confusión, tampoco aportan gran cosa a la trama, pues la información revelada en posteriores entregas de una línea temporal no afecta de ninguna manera a las otras. De igual manera, siento que me quedó a deber pues esperaba un desenlace en el cual convergieran las tramas pero cada cual tiene su conclusión por separado. Lo cual no es malo, pero siento que tenía potencial para más. También siento que el final deja demasiados cabos sin atar, deja las puertas muy abiertas como para una serie de secuelas. Eso me gustaría, pero hubiera preferido una obra autocontenida en sí misma. Otra queja es la muy deficiente edición, con muchos acentos que sobran o faltan y nombres que van perdiendo o ganando letras, como Von Raylond, que se vuelve Von Rayond e incluso en algunos pasajes llega a ser Von Rayon. Si bien esto no es defecto de la historia, este tipo de fallas rompen la magia de la narrativa al sacar al lector del trance.

Con una clara influencia de Clive Barker (de la cual me percaté), un humor reminiscente a Robert Rodríguez y un gusto por las historias de Alan Moore (los cuales no hubiera notado de no ser por la nota del autor), este libro tiene pasajes de auténtico horror y es bastante divertido, con varios personajes memorables y un ritmo ligero que facilita su lectura. Pero me siguen gustando más las novelas históricas de Haghenbeck, como El código nazi (Editorial Planeta, 2008) y, mi favorita, Trago amargo (Editorial Planeta, 2006).

Para no perder la costumbre, transcribiré mis fragmentos favoritos de la obra:

     -Sólo son criaturas, como los dinosaurios. Existieron y funcionaron. Nosotros los humanos los adorábamos por no comprenderlos, como hacíamos con la tormenta o con un volcán. Los olvidamos y se convirtieron en adversarios de los cristianos -explicó el capitán sin dejar si sonrisa. Continuó su monólogo mientras guardaba algunos libros-: Debes entender algo, cabo Infante, este mundo ya no es el mismo que creó Dios. Ya no necesitamos ni ángeles, ni demonios. Son piezas de decoración obsoletas. ¿Quién se preocupa porque los atrapemos? ¿Qué persona se inquieta por los muebles usados?

     -Si lo vas a hacer, hazlo bien, Infante. Recuerda que el mundo está lleno de demonios traicioneros y mujeres dolidas.

Pero era demasiado simple. Las cosas oscuras nunca son así, sino complicadas como la forma de pensar de una mujer, como las sospechas de una amante, como las envidias de una niña. El destino era femenino, por lo tanto, incomprensible.

El padre Benjamín salió de la mansión Von Rayond. Iba arrastrando las piernas. Se percibía vencido, apaleado por cada mala decisión tomada en su vida. Se sentó en las escaleras y comenzó a llorar. Las lágrimas fácilmente brotaron de sus ojos. No eran las muertes, ni la locura que dejaba atrás. Ésa ya estaba en sus venas nadando sin tapujos para nunca más dejarlo. Lo que más le dolía era que Schmitz se había ido creyendo que realmente él era un exorcista, que su cliente era un paranoico y debería agradecerle el haber salvado a su hijo. Lloró porque comprobó que el pecado sí paga, que los pecadores pueden salirse con la suya y ser perdonados por el destino. No había razones para continuar profesando una de en la que Dios era condescendiente con sus feligreses, e inclusive hasta cómplice de éstos.

     -¿Por qué renunció?
     -Porque me di cuenta de que la maldad humana no se ve. Está en nosotros como un órgano. Igual que el corazón o los pulmones. Los viejos dicen que no se puede engañar al Diablo, pero es mentira. Al que no se puede engañar es a Dios -comenzó a narrar bajándose de la comodidad del asiento. Se plantó junto al cabo Infante, Le sacó de su bolsillo un cigarro y lo prendió. Dejó que el tabaco se tornara en color atardecer-. Dios dejó libre a Satanás pues supuestamente iba a tentar a la humanidad. Sería el gran juego: Dios contra el Diablo. Pero lo que nadie sabía es que poseía el partido amañado. Había comprado desde mucho antes a los jugadores, a los hombres: cuando creó a la humanidad, le otorgó maldad, mucha, inclusive mayor que la del Diablo. Volvió así inservibles a los demonios que los tentarían, incluso a los ángeles que pregonarían su bondad. Con el pretexto del libre albedrío, se cargó todas las instituciones espirituales. Dios fue el primer anarquista de la historia.

Amigos con beneficios

(Will Gluck, Estados Unidos, 2011)

A pesar de lo increíblemente vulgar y explícito del poster, la película en sí es bastante bien portada. Bajo la gastada premisa de dos personas que, hartas de las decepciones amorosas deciden engañarse creyendo que es posible negar las necesidades afectivas de ambos, deciden involucrarse en una relación meramente carnal. Sólo sexo, nada de sentimientos. Previsiblemente, fracasan y terminan declarando su mutuo amor de maneras excesivamente cursis. Tema ya revisado, con muchos mejores (pero de todas formas medianos) resultados, en la similarmente titulada (al menos en español) Amigos con derechos (No strings attached, Ivan Reitman, Estados Unidos, 2011)


Intenta abordar temas duros, como los estragos del Alz-Heimer en un miembro de la familia o la aparente inabilidad de desarrollar sentimientos derivada de trabas sociales, sin mucho éxito por la ligereza con que los trata. Innecesariamente larga, con algunos momentos graciosos pero ninguno auténticamente emotivo, explota más el atractivo sexual de Timberlake que el de Kunis por lo que no hay muchos motivos para que uno como hombre quiera verla. Y, al parecer, al público femenino tampoco le encantó. En general una película mediocre, ni tan mala como para llamarla bodrio pero definitivamente prescindible.

El día que vi tu corazón

(Jennifer Devoldère, Francia, 2011)

Quise ver esta cinta francesa, la cual formó parte del 15° Tour de Cine Francés, por la participación de la actriz Mélanie Laurent. La había visto con anterioridad en el drama romántico Beginners (Mike Mills, Estados Unidos, 2010), el cual disfruté enormemente. Me resultó curioso que ambas películas comparten algunos temas: relaciones amorosas difíciles, el papel cuasi omnipresente de la figura paterna en la vida del protagonista, la muerte.


La cinta comienza de manera ligera, haciendo críticas jocosas a Starbucks y otras nimiedades contemporáneas. Justine, el personaje de Laurent, trabaja en una clínica de rayos x, vive temporalmente con su hermana menor tras su más reciente rompimiento amoroso, saca radiografías a diversos objetos como parte de un proyecto artístico e interactúa con muchas dificultades con su padre, el cual tendrá un nuevo hijo con su nueva esposa. Dada la inconstante e imprudente relación que han llevado a lo largo de toda su vida, Justine no considera a su progenitor como la persona ideal para traer otra criatura al mundo. Lo que ella no sabe es que su padre, como le resultaba difícil relacionarse con ella por ser mujer, intentaba acercársele a través de sus novios, con los cuales ha mantenido contacto aún después de los respectivos rompimientos, llegando al grado de darles empleo y convertirse en amigo y confidente de ellos.


Conforme el filme avanza, poco a poco va haciéndose de una carga emocional impresionante que estalla al momento de la conclusión. Muy emotiva y con un guión discreto mas poderoso, vale mucho la pena ver esta película. Si les hacen falta razones, la belleza de Laurent y la originalidad de su arte por medio de radiografías deberían bastar.