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jueves, 21 de junio de 2012

Santa


En 1903, Federico Gamboa escribió esta novela que se convirtió en un clásico de la literatura mexicana. Transgresora en su momento, atrevida en su manera de retratar el lado oscuro de la Ciudad de México: las prostitutas, las peleas, las infidelidades, la doble moral.

El personaje titular es una joven núbil de belleza excepcional que, una vez mancillada su honra, no le queda otro remedio que recurrir a la prostitución para sobrevivir. Independientemente del debate acerca de las causas del llamado "empleo más antiguo del mundo" y de sus implicaciones morales, es un hecho que en esa época -la novela da inicio en la última década del siglo XIX- no había más opciones para una mujer embaucada. Así las cosas, la novela narra el descenso de Santa en una espiral vertiginosa de autodestrucción que parece no conocer fondo. En un principio es la favorita de todos, tanto clientes como colegas, pero ella abusa de su "suerte" y desperdicia todo. Desde el inicio se nos plantea que la cosa acabará mal, pero se pone tan fea que el capítulo final, en su patetismo, es enternecedor a la vez que desgarrador, pero hasta cierto punto reconfortante.


En lo personal, me disgusta un poco el estilo de la época consistente en recurrir a descripciones detalladas en exceso, supongo que es un gusto que aún no he adquirido por mi costumbre a leer cosas más bien contemporáneas. Y el melodrama llega a ser demasiado, pero dentro de la medida apropiada. Lo mejor de la novela es su manera de retratar las distintas formas que tienen los sexos para relacionarse entre sí. A continuación, ejemplifico con extractos del texto. Tras una "transacción" con un cliente cualquiera, la mañana siguiente muestra la verdad de su interacción:

Hablábanse poco, sólo lo indispensable para zaherirse con pullas o embozadas injurias, como si después de una noche de compradas caricias hubiesen recordado de súbito que, exceptuando la lujuria apaciguada de él, no existía entre ellos más que el eterno odio que, en el fondo, separa a los sexos.


Uno de los enamorados de Santa, el Jarameño, desea de manera egoísta ser el único poseedor de su belleza y, al no poder monopolizarla, la deja. Otro de ellos, Rubio, en cambio, al no poder usarla para escapar de su matrimonio miserable, decide minarla, menoscabarla, en un intento de destruir su hermosura:

Luego que las entrañas del amor las informa el odio, el asco; no asco instantáneo que a las veces tradúcese en la tortura de palabra y aún en la de obra, y a las veces, domeñado por la autosugestión, se traducen en reposo y mutismo, en una nueva embestida que no intentamos por volver a poseer a la persona amada, sino para convencernos de que de veras amamos. La voluptuosidad confina con el cansancio y el hastío y el acto carnal con el crimen -aunque la mayoría, por fortuna, no perpetre este último-; pero, sin excepción, no hay hombre, por enamorado que esté, que no sufra de instantes de repugnancia hacia el espíritu que venera y la carne que adora. Esto, no obstante, con pocos, poquísimos, los que lo mismo que los grandes carniceros en el cubil y en la gruta -nidos de los amores libres-, en el museo y en el jardín zoológico -nidos de sus amores conyugales-, no defiendan hasta el homicidio la carne yacente a sus pies y destrozada con sus zarpas de que ya comieron y de que ya están hartos.


Y luego, un encuentro casual con un estudiante. Quizá la forma más auténtica y pura del amor carnal, el que no pretende ser nada más que eso. Al terminar la aventura:

Entristeciéndose ambos, al ponerse a la luz, olvidados de que en esta pícara vida todo concluye, todo, aun ella misma. Nada se habían prometido ni nada habían recordado, por lo que su junta resultó encantadora. A causa de la falta de promesas, no tuvieron que engañarse ni se adelantaron las desazones que ya el prometer trae consigo; y a causa de la falta de recuerdos, no resucitaron penas ni amarguras, las que, parecidas al polvo de lo que se tiene arrumbado en los arcones de las casas o en los armarios de las memorias, salen revueltas con las reminiscencias placenteras cuando manoseamos los días viejos o cuando oreamos las momias de las épocas difuntas. Ellos no, celebraron y festejaron su imprevista conjunción, sin enconos por el pasado ni aprensiones por lo porvenir. Se besaron, vivieron largos años en fugaces minutos, y al separarse por corporal cansancio, se sonrieron satisfechos, plácidos, agradecidos mutuamente de no haberse escatimado voluntades no caricias.

El último capítulo me deja con una reflexión que usaré para terminar este texto: ¿es amor realmente lo que sienten Hipólito y Santa? No dudo de su autenticidad ni de su sinceridad, sino de su naturaleza. ¿No será más bien obstinación por parte de uno, gratitud por parte de la otra? Es difícil saber si uno mismo ama, sólo nos queda la fe, que parece certidumbre, que depositamos en nuestros sentimientos.

lunes, 4 de junio de 2012

El cielo protector


No sé qué es lo que tiene África, pero ejerce una extraña atracción sobre mi. Desde que vi En algún lugar de África (Nirgendwo in Afrika, Caroline Link, Alemania, 2001) me hice de la extraña idea de que debo morir en ese continente. Otras películas, como La princesa Masai (Die Weisse Massai, Hermine Huntgeburth, Alemania, 2005), me fascinaron con detalles de lo radicalmente distintas que son las culturas africanas a la nuestra. Dicho lo anterior, cuando Ana Paula me recomendó este libro no dudé ni por un instante que lo disfrutaría enormemente.

Tres norteamericanos, un matrimonio y un amigo de ellos, deciden viajar por varios poblados de África con el afán de dejar atrás la civilización occidental. Esto ocurre poco después de que la Segunda Guerra Mundial causó estragos en el panorama europeo y en la mentalidad americana. Port, el "líder" del grupo, es un escritor acaudalado que busca huir de su aburrimiento, al tiempo que desea reencontrarse con su esposa -aunque se dedica a ponerse a sí mismo obstáculos para ésto último. Kit, su mujer, es una persona insegura que cree supersticiosamente en presagios esquizoides y es incapaz de tomar control de su propia vida. Tunner, el invitado, es precisamente el obstáculo que Port se pone, ya que se propone seducir a la fémina. En medio de este turbulento panorama, con el desierto y la pobreza como escenario, los tres se embarcan en un viaje que los cambiará de formas distintas.

No tiene caso contarles más de la trama, ya que como las mejores novelas es difícil de resumir ya que abarca mucho. En lugar de eso, compartiré con ustedes mis fragmentos favoritos, en lo que consigo la adaptación filmográfica de Bernardo Bertolucci para poder hacer la comparación.


Esa noche se despertó sollozando. Su ser era un pozo de mil metros de profundidad; subía de las regiones interiores con una sensación de infinita tristeza y de descanso, pero no recordaba ningún sueño, como no fuera la voz sin cara que había susurrado: "El alma es la parte más cansada del cuerpo." La noche era silenciosa, salvo un vientecito que soplaba a través de la higuera y movía los aros de alambre colgados de las ramas. Se rozaban al balancearse, chirriando apenas. Escuchó un rato y se quedó dormido.

Tuvo un estremecimiento súbito de autocompasión casi agradable, tan bien expresaba su estado de ánimo. Era un estremecimiento físico; estaba solo, abandonado, perdido, sin esperanza, con frío. Especialmente con frío, un frío interior, profundo, que nada podía cambiar. Aunque esa glacial ausencia de vida era la base de su infelicidad, se aferraría siempre a ella porque era también el centro mismo de su ser, en torno al cual se había construido.

(Advertencia: la siguiente cita contiene un spoiler, así que si quieren leerla tendrán que seleccionar el texto. De lo contrario, se reservan la sorpresa para cuando lean la novela)

Afuera, la pared a medida que el sol bajaba, se iba poniendo rosada; el rosa llenó la habitación. En todo el tiempo que dedicó al equipaje no había echado una sola mirada al rincón. Ahora se arrodilló y miró la cara de Port de muy cerca, como si nunca la hubiera visto. Rozando apenas la piel, pasó la mano por la frente con infinita delicadeza. Se inclinó y apoyó los labios. Se quedó así un rato. El cuarto se pudo rojo. Suavemente apoyó su mejilla en la almohada y acarició el pelo de Port. No derramó una lágrima; era una despedida silenciosa. Un zumbido de rara intensidad le hizo abrir los ojos. Contempló fascinada dos moscas entregadas a un amor breve y frenético en el labio inferior de Port.

Pero otros días, cuando estaba menos nervioso,se sentaba a contemplar la calma con que los viejos atravesaban lentamente el mercado, y se decía que si la edad le daba tanta dignidad, consideraría que no había perdido su vida. Porque el porte de esos viejos era simplemente la expresión natural del bienestar y la satisfacción interiores, Sin pensarlo demasiado, llegó a la conclusión de que sus existencias habrían valido la pena de ser vividas.

El súbito rugido del motor derrumbó las paredes del cuarto donde estaba acostada. Tenía adelante de los ojos el cielo azul violento, nada más. Durante un tiempo interminable lo miró. Como un ruido todopoderoso,lo destruía todo en su cerebro, la paralizaba. Alguien le había dicho alguna vez que el cielo esconde detrás la noche; que protege al que está debajo del horror de lo que hay arriba. Miraba sin pestañear el sólido vacío y empezó la angustia. En cualquier momento podía producirse el desgarrón, separarse los bordes, abrirse las entrañas de abismo insondable.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Fantastic Mr. Fox


Hace varios meses volví a ver la adaptación fílmica que hizo Wes Anderson a este libro y por fin pude leer la versión original. No hay gran cosa que decir, tratándose de un álbum infantil la historia es muy breve y sencilla, de pocas páginas y muchas imágenes (aunque la edición que leí prescinde de las ilustraciones y recurre a fotos de la película, lo cual se me hace un tanto barato). Curiosamente, la versión literaria glorifica al ladrón con buenos motivos, mientras que condena y ridiculiza a los empresarios avariciosos. Esperaba más del libro, estoy acostumbrado a leer cosas un tanto más oscuras de Roald Dahl.

martes, 25 de octubre de 2011

El diablo me obligó


Si hemos de creerle al texto al final de la novela, este libro -que recién vio la luz este año dentro del sello Suma de Letras, de la editorial Santillana- surgió de manera similar al Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley y El vampiro (1819) de John William Polidori. Tras una noche en Monterrey, en la cual tuvo lugar una charla sobre cazadores de demonios, Edgar Clement, Francisco Ruiz Velasco y el autor de la novela aquí reseñada, Francisco G. Haghenbeck, se propusieron escribir sus propias versiones del mismo tema. Haghenbeck ya antes había utilizado algunos de estos conceptos en el comic Crimson, del sello Cliffhanger y posteriormente de Wildstorm, que fue publicado a finales de los años 90. Clement los incorporó en sus novelas gráficas Operación Bolívar (Editorial Palneta, 1995) y Kerubim (Caligrama, 2007). Se supone que Ruiz Velasco está trabajando en un largometraje inspirado en las mismas ideas.

Elvis Infante, un chicano bastante entrañable, es un diablero: se dedica a capturar ángeles y demonios para su posterior venta a diversos interesados que los emplean para muchas cosas, que van desde la elaboración de drogas y bebidas alcohólicas (el infame chínguere) hasta su esclavización y uso en círculos de peleas clandestinas y apuestas estratosféricas. A él se unen el padre Benjamín -un sacerdote sin fe y con mucha suerte con las mujeres-, la Curlys -una prostituta que "vende" su cuerpo para ser poseída por demonios que son subsecuentemente capturados-, el capitán Potocky -un militar de ascendencia polaca que introduce a Infante a su verdadera vocación-, Trou Macaq -un negro del bayou con falso acento y más falsas lealtades- y muchos otros personajes igual de pintorescos en una historia de conspiraciones y realidades ocultas. Utilizando artículos ficticios, noticias y correspondencia entre altos mandos se construye una realidad parecida a la nuestra, pero mucho más siniestra.

Como ya antes ha hecho en otras de sus obras, Haghenbeck nos presenta un desarrollo que no es estrictamente cronológico, empezando en el presente para ir saltando hacia atrás y adelante, construyendo dos narrativas principales: una de hace un año en Los Ángeles y otra de cinco años atrás en las cuevas de Afganistán. A pesar de que dichos saltos temporales no crean confusión, tampoco aportan gran cosa a la trama, pues la información revelada en posteriores entregas de una línea temporal no afecta de ninguna manera a las otras. De igual manera, siento que me quedó a deber pues esperaba un desenlace en el cual convergieran las tramas pero cada cual tiene su conclusión por separado. Lo cual no es malo, pero siento que tenía potencial para más. También siento que el final deja demasiados cabos sin atar, deja las puertas muy abiertas como para una serie de secuelas. Eso me gustaría, pero hubiera preferido una obra autocontenida en sí misma. Otra queja es la muy deficiente edición, con muchos acentos que sobran o faltan y nombres que van perdiendo o ganando letras, como Von Raylond, que se vuelve Von Rayond e incluso en algunos pasajes llega a ser Von Rayon. Si bien esto no es defecto de la historia, este tipo de fallas rompen la magia de la narrativa al sacar al lector del trance.

Con una clara influencia de Clive Barker (de la cual me percaté), un humor reminiscente a Robert Rodríguez y un gusto por las historias de Alan Moore (los cuales no hubiera notado de no ser por la nota del autor), este libro tiene pasajes de auténtico horror y es bastante divertido, con varios personajes memorables y un ritmo ligero que facilita su lectura. Pero me siguen gustando más las novelas históricas de Haghenbeck, como El código nazi (Editorial Planeta, 2008) y, mi favorita, Trago amargo (Editorial Planeta, 2006).

Para no perder la costumbre, transcribiré mis fragmentos favoritos de la obra:

     -Sólo son criaturas, como los dinosaurios. Existieron y funcionaron. Nosotros los humanos los adorábamos por no comprenderlos, como hacíamos con la tormenta o con un volcán. Los olvidamos y se convirtieron en adversarios de los cristianos -explicó el capitán sin dejar si sonrisa. Continuó su monólogo mientras guardaba algunos libros-: Debes entender algo, cabo Infante, este mundo ya no es el mismo que creó Dios. Ya no necesitamos ni ángeles, ni demonios. Son piezas de decoración obsoletas. ¿Quién se preocupa porque los atrapemos? ¿Qué persona se inquieta por los muebles usados?

     -Si lo vas a hacer, hazlo bien, Infante. Recuerda que el mundo está lleno de demonios traicioneros y mujeres dolidas.

Pero era demasiado simple. Las cosas oscuras nunca son así, sino complicadas como la forma de pensar de una mujer, como las sospechas de una amante, como las envidias de una niña. El destino era femenino, por lo tanto, incomprensible.

El padre Benjamín salió de la mansión Von Rayond. Iba arrastrando las piernas. Se percibía vencido, apaleado por cada mala decisión tomada en su vida. Se sentó en las escaleras y comenzó a llorar. Las lágrimas fácilmente brotaron de sus ojos. No eran las muertes, ni la locura que dejaba atrás. Ésa ya estaba en sus venas nadando sin tapujos para nunca más dejarlo. Lo que más le dolía era que Schmitz se había ido creyendo que realmente él era un exorcista, que su cliente era un paranoico y debería agradecerle el haber salvado a su hijo. Lloró porque comprobó que el pecado sí paga, que los pecadores pueden salirse con la suya y ser perdonados por el destino. No había razones para continuar profesando una de en la que Dios era condescendiente con sus feligreses, e inclusive hasta cómplice de éstos.

     -¿Por qué renunció?
     -Porque me di cuenta de que la maldad humana no se ve. Está en nosotros como un órgano. Igual que el corazón o los pulmones. Los viejos dicen que no se puede engañar al Diablo, pero es mentira. Al que no se puede engañar es a Dios -comenzó a narrar bajándose de la comodidad del asiento. Se plantó junto al cabo Infante, Le sacó de su bolsillo un cigarro y lo prendió. Dejó que el tabaco se tornara en color atardecer-. Dios dejó libre a Satanás pues supuestamente iba a tentar a la humanidad. Sería el gran juego: Dios contra el Diablo. Pero lo que nadie sabía es que poseía el partido amañado. Había comprado desde mucho antes a los jugadores, a los hombres: cuando creó a la humanidad, le otorgó maldad, mucha, inclusive mayor que la del Diablo. Volvió así inservibles a los demonios que los tentarían, incluso a los ángeles que pregonarían su bondad. Con el pretexto del libre albedrío, se cargó todas las instituciones espirituales. Dios fue el primer anarquista de la historia.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El vino del estío


En definitiva, Bradbury es ahora uno de mis autores favoritos. Este libro, publicado en 1957, es simple y sencillamente mágico. Por varios motivos. Para empezar, es sobre la magia de la infancia, sobre esa etapa en que todo está cubierto por un hálito de misterio y descubrimiento, cuando todo es posible y maravilloso. También habla sobre la magia en la que creen los niños, cuya imaginación otorga verdad a las supersticiones, a lo fantástico. Además, de alguna forma -seguramente no planeada- también aborda el tema de la magia verdadera, la que está al alcance de cada uno de nosotros: esa magia que consiste en rituales, en crear la realidad día a día, colectiva o individualmente. Por último, y tal vez de mayor importancia, está la magia del autor, quien es creador y re-creador de su mundo ficticio y sus memorias respectivamente, y de este modo también altera su realidad.

La novela da inicio con Douglas Spaulding, de doce años, en el amanecer del primer día del verano de 1928. Por medio de un rito hace que su pueblo cobre vida, ordenándoles levantarse y proceder a sus correspondientes actividades. A su vez, el final cierra cíclicamente con Doug mandando a todo mundo a dormir cuando la estación termina, dictando su final definitivo. Pero durante esos tres meses muchas cosas pasan: se da cuenta, cabalmente, de que está vivo y, por ende, de que algún día habrá de morir; se ve confrontado al temor a la muerte, a la pérdida de amigos, familiares y conocidos, a la decepción del mundo y la tecnología, al desamor ajeno; pero también aprende sobre el valor de las cosas pequeñas, lo interminable de lo cíclico, la existencia infinita de la vida a través de la memoria y el heroísmo. Ultimadamente, decide seguir viviendo, pero aceptando los aspectos negativos también.

Como otras de sus obras, este libro está compuesto por varios  relatos que se entrelazan en una narrativa mayor. La novela abunda con descripciones hermosas, añoranza por el pasado y un ligero desprecio a la modernidad, reivindicando el valor de las tradiciones sin  negar el progreso. A pesar de ser ligeramente autobiográfica, no está exenta de tener tintes fantásticos y hasta de horror, con todo y un asesino serial y un temor sobrenatural a la muerte.

Para celebrar que esta es mi reseña número doscientos, ahora compartiré con ustedes una cantidad de fragmentos mucho mayor que lo acostumbrado. Espero lo disfruten. Los comentarios entre paréntesis son míos, para darles una idea del contexto.

(Una mañana, Doug, su padre y su hermano Tom salen a cosechar fresas. Douglas despertó presintiendo que ese día ocurriría algo importante y, tras una breve pelea amistosa con su hermano, tumbado en el piso, tiene una revelación:)

     El mundo, como el iris gigante de un mundo aún más gigantesco, que también acababa de abrirse, agrandándose para abarcarlo todo, le devolvía la mirada. Douglas supo que había saltado sobre él y ya no se iría.
     Estoy vivo, pensó.
     Le temblaron los dedos, brillantes de sangre, como los jirones de una extraña bandera, recién encontrada y nunca vista, y se preguntó a qué país debería agradecer el homenaje. Reteniendo a Tom, pero sin saber que estaba allí, se tocó esa sangre como si pudiera pelarla, sostenerla, darla vuelta. Luego soltó a Tom u se acostó de espaldas con la mano en alto, y en su cabeza los ojos miraron como centinelas por las troneras de un raro castillo a lo largo de un puente, su brazo, los dedos donde el brillante penacho de sangre temblaba a la luz.
     -¿Estás bien, Douglas? -preguntó Tom.
     La voz venía de un pozo de moho verde, de algún lugar sumergido, secreto, alejado.
     La hierba murmuraba bajo el cuerpo de Douglas. Bajó el brazo, con su vaina de pelusa, y sintió, muy lejos, allá, los dedos que crujían en los zapatos. El viento suspiró en los caracoles de las orejas. El mundo se deslizó brillantemente por la superficie vidriosa de los ojos, como imágenes centelleantes en una esfera de cristal. Las flores eran de sol y encendidos puntos celestes, esparcidas por el bosque. Los pájaros aleteaban como piedras que golpeasen la superficie del vasto e invertido estanque del cielo. El aire pasaba con violencia entre los dientes, entrando como hielo, saliendo como llamas. Los insectos conmovían el aire con una claridad eléctrica. Diez mil cabellos crecieron un millonésimo de centímetro en la cabeza de Douglas. Oyó los corazones gemelos que le golpeaban los oídos, el tercer corazón que le golpeaba la garganta, los dos corazones que latían en las muñecas, el corazón real en el pecho. La piel se le abrió en un millón de poros.
     ¡Estoy realmente vivo!, pensó. ¡Nunca lo supe, y si lo supe no recuerdo!

(Como Douglas no regresa a casa y ya es de noche, Tom y su madre salen a buscarlo. Se detienen a la orilla de la siniestra cañada:)

     Aquí y ahora, abajo, en aquel pozo de salvaje negrura había algo que Tom nunca conocería o entendería. Criaturas anónimas que vivían a la sombra de los árboles, en el olor de la podredumbre.
     Y él y su madre estaban solos.
     La mano de su madre tembló.
     Tom sintió el temblor... ¿Por qué? Ella era más grande, más fuerte, más inteligente que él, ¿no? ¿Sentía ella, también, aquella amenaza intangible, aquello que asomaba en la sombra, aquella malignidad agazapada? Entonces, ¿no traían fuerzas los años? ¿No había un refugio seguro en la vida? ¿No había ciudadela carnal capaz de resistir los confusos asaltos de las medianoches? Las dudas asaltaron a Tom. Sintió otra vez el helado en la garganta, el estómago, la espalda y los miembros. Se sintió de pronto tan frío como un viento escapado del mes de diciembre.
     Comprendió que todos los hombres eran así, que todos eran seres únicos y solitarios. Una unidad, una unidad entre otros, siempre con miedo. Como aquí, ahora. ¿Si gritara, si aullara pidiendo auxilio, importaría realmente?
     La negrura podía alcanzarlos rápidamente, una negrura devoradora. En un titánico y helado momento todo habría terminado. Mucho antes del alba, mucho antes que la policía sondeara con sus linternas el oscuro y perturbado sendero, mucho antes que los hombres de mentes temblorosas pudieran arrojar una piedra. Aunque estuvieran a menos de quinientos metros, y pudiera contar realmente con ellos, en tres segundos una oscura marea se alzaría para arrancarle diez años y...
     El impacto esencial de la soledad de la vida sacudió el cuerpo de Tom. Mamá estaba sola, también. Ella no contaba con la santidad del matrimonio, la protección del amor familiar, la Constitución de Estados Unidos o la policía del pueblo. No contaba con nada, en ese instante, sino con su propio corazón. Y allí nada encontraría, sólo una repugnancia indomable, y miedo. En ese instante su problema era un problema individual. Debía aceptar su soledad, y aceptarla además como punto de partida.

(Leo Auffman, un hombre del pueblo, se obsesiona creando una Máquina de la Felicidad y descuida a su familia al hacerlo. Su esposa, quien amenaza dejarlo, cede a la petición de su marido y usa la máquina antes de tomar su decisión. Tras utilizarla, es embargada por una gran tristeza:)

     -Leo, cometiste un error. Olvidaste que en algún momento, algún día, uno tendría que salir de aquí e ir a lavar platos y hacer camas. Cuando estás adentro, sí, la puesta de sol parece ser eterna, el aire huele bien, la temperatura es agradable. Todo lo que quieres que dure, dura. Pero afuera, los chicos esperan el almuerzo, las ropas necesitan botones. Y seamos francos, Leo. ¿Cuánto tiempo puedes mirar una puesta de sol? ¿Quién quiere que una puesta de sol no acabe nunca? ¿Quién desea una temperatura perfecta? ¿Quién desea que el aire huela siempre bien? Al cabo de un tiempo, ¿quién lo notará? Si la puesta de sol dura un minuto o dos, mejor. Luego, pasemos a otra cosa. La gente es así, Leo. ¿Cómo has podido olvidarlo?

(Tras enterarse de que su mejor amigo se muda a otro estado, Doug se siente desamparado. Va con su hermano y le dice:)

-Tom -dijo Douglas-, prométeme algo, ¿sí?
     -Prometido, ¿qué es?
     -Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?
     -¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?
     -Bueno... sí.... aun eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas en algún precipicio.
     -¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?
     -Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.
     -¡Tener barba, Dios!
     -Como te digo. No te separes y que no te pase nada.
     -Confía en mí.
     -No me preocupas tú -dijo Douglas-, sino el modo como Dios gobierna el mundo.
     Tom pensó un momento.
     -Bueno, Doug -dijo-, hace lo que puede.

(Bill Forrester, un periodista de treinta y un años, conoce a la señorita Loomis, de noventa y cinco. Un extraño romance surge entre ellos:)

     -¿Cree entonces que yo era bonita?
     Bill asintió de buen humor.
     -Pero ¿cómo puede saberse? -preguntó la mujer-. Cuando uno se encuentra con el dragón que se ha comido al cisne, ¿se guía uno por las pocas plumas que han quedado en las fauces? Un cuerpo como este es un dragón, todo escamas y pliegues. Así que el dragón se comió al cisne blanco. No lo veo desde hace mucho. Ni siquiera recuerdo cómo era. Pero está ahí, a salvo, adentro, todavía vivo. El cisne esencial no ha cambiado una pluma. ¿Sabe usted ?; algunas mañanas de primavera y otoño salgo a caminar y pienso: ¡correré por la hierba, me internaré en el bosque, y comeré moras! ¡O nadaré en el lago, o bailaré hasta el alba! Y en seguida descubro, con furia, que soy este viejo y arruinado dragón. Soy la princesa de la torre, que aún espera al príncipe.

(Bill le cuenta a la señorita Loomis que alguna vez vio una foto de ella a los veinte años y quedó prendado. Describe la imagen en la foto:)

     Era el rostro de la primavera, era el rostro del verano, era la calidez del trébol. Las granadas le brillaban en los labios y el cielo lunar en los ojos. Tocar aquel rostro sería como esa experiencia siempre nueva de abrir la ventana una mañana de diciembre, temprano y sacar la mano a la nieve blanca y fría que había caído en silencio, sin anunciarse, de noche. Y la frescura y la ternura del rostro estaban ahí para siempre, por un milagro de la química fotográfica, y los vientos del tiempo no podrían cambiar ni una hora ni un segundo. Esa primera y fresca nieve blanca, nunca se fundiría, en mil veranos.

(Conversación entre los hermanos Spaulding tras la muerte de la señorita Loomis:)

     -Tom, dime la verdad.
     -¿Qué verdad?
     -¿Qué ha ocurrido con los finales felices?
     -Puedes verlos en el cine, los sábados a la tarde.
     -Sí, pero ¿y en la vida real?
     -Sólo sé decirte que cuando me acuesto de noche me siento muy bien. Es el final feliz del día. A la mañana siguiente me levanto y quizá las cosas anden mal. Pero me basta recordar que esa noche me iré a la cama, y que estar acostado un rato arregla las cosas.
     -Hablo del señor Forrester y la señorita Loomis.
     -Nada podemos hacer. Ella ha muerto.
     -¡Ya sé! Pero ¿no te parece que alguien se equivocó en este asunto?
     -¿Te refieres a que él pensaba que ella tenía la edad del retrato, y ella un trillón de años? No, señor, pienso que fue magnífico.
     -¿Magnífico?
     -Los últimos días cuando el señor Forrester me contó un poco una vez y otro poco otra, y yo al fin junté los pedazos, lloré mucho. No sé por qué. Yo no hubiese cambiado nada. Si no, ¿de qué hablaríamos? Además, me gusta llorar. Luego de llorar es como si fuera otra vez la mañana, y empezara el día.
     -Te oí.
     -No admites que a ti también te gusta llorar. Lloras un tiempo y todo está bien. Y ahí tienes el final feliz. Y estás listo para salir otra vez y andar con los muchachos. ¡Todo empieza de nuevo! En cualquier momento el señor Forrester pensará un poco y verá que es la única salida, y entonces llorará, y luego mirará alrededor y verá que es otra vez la mañana, aunque sean las cinco de la tarde.
     -No me parece un final feliz.
     -Un buen sueño o diez minutos de lágrimas o un poco de helado de chocolate, o todo junto es la mejor medicina, Doug. Te lo dice el doctor Tom Spaulding.

(La bisabuela se encuentra en su lecho de muerte:)

     Hace muchos años, pensó, tuve un sueño y disfrutaba de él realmente cuando alguien me despertó. Ese día nací. ¿Y ahora? Ahora, veamos... Lanzó su mente hacia atrás. ¿Dónde estaba? Noventa años... ¿Cómo tomar el hilo de aquel sueño perdido? Extendió una manita. Allí... Sí, eso era. Sonrió. Volvió la cabeza sobre la almohada hundiéndose más en la cálida duna de nieve. Así era mejor. Ahora, sí, ahora veía cómo el sueño se formaba poco a poco en la mente, con la serenidad de un mar que se mueve a lo largo de una costa interminable y siempre  fresca. Dejó ahora que el viejo sueño la rozara y la levantara de la nieve, y la hiciese flotar sobre la cama ya apenas recordada.

(Jonas, el trapero, visita a Douglas mientras está enfermo e inconsciente. Le dice:)

     -Algunas personas se vuelven tristes cuando son aún terriblemente jóvenes. Sin motivo especial,parece. Casi como si hubiesen nacido así. Se lastiman más fácilmente, se cansan más pronto, lloran más, y recuerdan más. Y, como digo, se vuelven tristes antes que nadie en el mundo. Lo sé, pues soy uno de ellos.

Si les gustaron estos fragmentos, no duden en leer el libro completo. Vale muchísimo la pena.

lunes, 12 de septiembre de 2011

La caída


Esta novela de Albert Camus, su tercera y última en ser publicada completa mientras el áun vivía, vio la luz por primera vez en 1956. Con un narrador en primera persona que se dirige todo el tiempo a un interlocutor -el lector-, nos cuenta la historia de un "juez penitente" expatriado de París que reside en Amsterdam. El protagonista se muestra a sí mismo desde un principio como un hombre agradable, quizá demasiado agradable, y siempre dispuesto a ayudar a su prójimo (se ofrece a fungir como intérprete entre el cantinero y un compatriota parisiense en el Mexico-City, un bar holandés de mala muerte. Una vez en nuestra mesa, compartiendo un trago con nosotros, nos cuenta su historia.

Comienza con su práctica del Derecho, defendiendo siempre a quienes aparentemente más lo necesitan. Y no sólo en las cortes, sino también fuera de ellas: nunca deja pasar la oportunidad de ayudar a un ciego a cruzar la calle. Conforme avanza la historia, nuestras sospechas se confirman. Tantas buenas acciones no pueden ser desinteresadas. Al igual que en uno de los planteamientos básicos del objetivismo de Ayn Rand, este altruismo desmedido viene del egoísmo más ruin imaginable. Este hombre sólo hace todo ese circo para sentirse superior a nosotros y, por ende, poder juzgarnos.

El quiebre se presenta cuando se da cuenta que él mismo puede ser juzgado, haga lo que haga. Es entonces cuando admite que muchas cosas por las que vive el hombre son falsas y empieza a ver con claridad abrumadora la realidad. En un retrato en un principio satírico pero progresivamente absurdista y, por qué no decirlo, incluso existencialista, Camus desnuda el alma de su personaje y, con ella, la del común denominador del ciudadano occidental contemporáneo. Hablando sobre los ritos sociales, la culpabilidad, las oportunidades desperdiciadas y con un cinismo que agradece que dichas oportunidades de ser mejores no se presenten a menudo, esta novela hace profundas reflexiones que son difíciles de ignorar.

Para finalizar esta reseña, como ya va siendo costumbre, transcribiré algunos de mis fragmentos favoritos:

Le confesaré que estoy cansado. Ya no tengo aquella claridad de espíritu que mis amigos se complacían en rendir homenaje. Por lo demás, digo mis amigos por una cuestión de principios. Ya no tengo amigos; sólo tengo cómplices. En cambio, aumentó su número. Ahora son todo el género humano, y dentro del género humano es usted el primero. El que está presente es siempre el primero. ¿Que cómo sé que no tengo amigos? Pues es muy sencillo: lo descubrí el día en que pensé en matarme para jugarles una mala pasada, para castigarlos en cierto modo. Pero, ¿castigar a quién? Algunos se habrían sorprendido, perro nadie se sentiría castigado. Entonces comprendí que no tenía amigos. Además, aún cuando los hubiera tenido, yo no habría adelantado más por ello.Si me hubiera suicidado y hubiera podido ver en seguida sus caras, entonces sí el juego habría valido la pena. Pero la tierra es oscura, querido amigo, la madera espesa, opaca la mortaja. ¿Los ojos del alma, dice usted? Sí, sin duda, ¡si es que existe un alma y si es que ella tiene ojos! Pero, mire usted, no se está seguro, nunca se está seguro. Si estuviéramos seguros, tendríamos una salida, podríamos al fin hacernos tomar en serio. Los hombres no se convencen de nuestras razones, de nuestra sinceridad y de la gravedad de nuestras penas, sino cuando nos morimos. Mientras estamos en la vida, nuestro caso es dudoso. Sólo tenemos derecho al escepticismo de los hombres. Por eso, si tuviéramos alguna certeza de que podemos gozar del espectáculo, valdría la pena probarles lo que ellos no quieren creer, valdría la pena asombrarlos. Pero se mata usted y, ¿qué importancia tiene entonces el que ellos le crean o no? Usted no está presente para recoger su asombro y su contrición, por lo demás fugaces. Usted no está allí para asistir, por fin, de acuerdo con el sueño de cada hombre, a sus propios funerales. Para dejar de ser dudoso, hay que dejar de ser, lisa y llanamente.

[...]

[N]unca pude creer profundamente que los asuntos humanos fueran cosa seria. ¿Dónde estaba lo serio? No lo sabía. Sabía sólo que no estaba en todo lo que veía y que se me manifestaba únicamente como un juego divertido e importuno. Hay realmente esfuerzos y convicciones que nunca llegué a comprender. Siempre miré con aire admirado y con ciertas sospechas a esas extrañas criaturas que morían por dinero, se desesperaban por la pérdida de una "posición" o se sacrificaban, con grandes ademanes, por la prosperidad de su familia. Yo comprendía mejor a aquel amigo a quien, habiéndosele metido en la cabeza dejar de fumar, consiguió efectivamente lo que se había propuesto, a fuerza de voluntad. Una mañana abrió el diario, leyó que había estallado la primera bomba H, se enteró de sus admirables efectos y, sin dilación alguna, se fue a la cigarrería.

[...]

Vacilo en confesarlo, por miedo de pronunciar todavía alguna palabrota: me parece que en aquella época sentía la necesidad de un amor. Obsceno, ¿no cree? En todo caso, experimentaba un sordo sufrimiento, una especie de privación que me volvió más vacante y me permitió, a medias forzado, a medias curioso, entablar algunas relaciones amorosas. Puesto que tenía necesidad de amar y de que me amaran, creí estar enamorado. Dicho de otra manera, que representé el papel de tonto.

viernes, 26 de agosto de 2011

Firmado con un klínex


Otro de los textos que analizamos en el taller de cuento impartido por Eduardo Antonio Parra fue el que abre este libro, titulado Rompecabezas, sobre una pareja de arquitectos que tienen una pelea de aquellas que son difíciles de olvidar. De paso aproveché para comprar el libro y leerlo completo.

Trece cuentos brevísimos, muy experimentales, algunos bastante difíciles de comprender, todos muy exigentes para con el lector. Con un excelente uso de la economía de la palabra, Élmer Mendoza crea imágenes precisas en la mente de su audiencia. Su narrativa es poderosa y eficiente, tiene unas cuantas frases muy inspirada y la mayoría de los relatos son asombrosos.

En Si te vas a enamorar que sea de alguien así, un hombre y una mujer se encuentran en una cafetería tras el suicidio de ésta y discuten sobre el futuro de su relación en un sólo párrafo que entrelaza los diálogos de ambos sin pausa entre ellos. El cuento que da nombre a la compilación es sobre un detective que intenta descifrar la oleada epidémica de mujeres hermosas que se quitan la vida, descubriendo una aparente conspiración y lo que parece un romance. Cuerpo narra las transacciones de una mujer de dudosa belleza con aquellos hombres que la desean.

Postal para Diego Luna nos cuenta, de manera supuestamente cinematográfica, la curiosa historia de un trailero en su último/primer viaje. Luego, en Gard, un francés y un italiano se enfrentan en un bar por medio de distintos usos del título resultantes de agregarle, quitarle y modificarle letras y significados. La casa de las sirenas versa sobre un asesinato por motivos amorosos, políticos y poéticos que nadie quiere evitar. Plop es un pseudopoema tan fugaz como incomprensible y ambiguo. Una pareja pone en riesgo sus vidas y desgastan su relación en un hermoso y retorcido juego de expectativas mutuas y desafíos a la monotonía en Regalo de cumpleaños.

Mi favorito, La secta de Gutemberg, nos presenta un mundo dominado por los Nolectores en el cual los lectores de diversos autores conspiran y atentan contra la vida del líder de sus aborrecidos enemigos. En Fiesta se hacen presentes muchos escritores mexicanos contemporáneos, con breves líneas de sus obras como parte de una interminable tertulia/conversación. El libro cierra con La decisión, un relato de obsesión y suerte que tal vez en realidad no lo es.

Me salté uno de los cuentos, con la intención de compartirlo con ustedes. Que lo disfruten:

Ytsé

No se conocían. Fueron los uniformes vistosos, el olor a gasolina, la adicción al ruido y al humo lo que los hizo coincidir en la barra del Café Marimba aquel verano de Dios del que no quisiera acordarme. Eran motociclistas.
     La familia de Andrés se había enriquecido vendiendo manzanas para cerdos al horno. El padre de Álvaro ejercía de enterrador. Merx era extraterrestre y Raúl estaba decidido a mantenerse virgen el resto de su vida. Se oía una balada rock de las más horribles. Bebían whisky y hablaban de motos, llantas, bujías, lubricantes, rutas, climas, curvas y asuntos personales, cuando ella apareció.
     Cuatro corazones taquicardia.
     Yorch, sírvenos por favor, exigió Álvaro, quien bebía whiskyontherocks y era el más ansioso.
     Ella era de Cabizbaja, ustedes se han de acordar.
     Les echó una media mirada de la cintura para arriba, otra media de la cintura para abajo y siguió como si la brisa.
     Raúl, para evitar tentaciones, pensó en abandonar el lugar. Andrés tuvo una erección inmediata. A Merx le faltaba un brazo y supo que eso sería determinante. Álvaro apuró su trago y pidió el siguiente.
     Ella tenía una cita con una amiga norka instalada muy cerca de ellos, que continuaban conmocionados, pensando qué fácil es ser idiota en esta vida.
     Les concedió dos medias miradas más y por poco enloquecen.
     Nada ocurrió mientras la recién llegada y su amiga conversaban. Salvo el silencio de la sangre ardiendo.
     Cuando ella fue al baño supieron que el destino que los acababa de unir también los acababa de separar.
     Merx quedó eliminado por cuestiones raciales.
     Raúl, muy confundido, propuso juegos para que de ahí surgiera el afortunado. Lo excluyeron aduciendo la importancia de ser firme en los propósitos y que el suyo era muy particular, que demostraba lo grande que era.
     Merx, muy excitado, exigió competir, pero fue en vano.
     Raúl abrió su computadora y compartió la información sobre Cabizbaja: gente peligrosa, pendenciera y muy hermosa. La base de su economía es el comercio de órganos con otros planetas.
     Andrés y Álvaro intentaron convencerse mutuamente de desistir. Inútil. Merx, lleno de tristeza, se apartó; otra cosa sería si estuvieran en su planeta.
     Álvaro y Andrés decidieron jugarse el liderazgo en lo que mejor sabían hacer: correr motos. Dos vueltas al circuito serían suficientes y allá fueron. Las ducati a punto. Raúl sería el juez.
     Una hora después regresaron: uno exultante, el otro realmente derrotado.
     Cuando llegaban, Merx salía con la chica llevándola de la cintura con su único brazo.
     Protestaron, hey, hey, ¿qué te pasa imbécil? No tienes derecho.
     Ytsé, expresó ella con tanta energía y ojos menos bellos que flamígeros, que dejó sus oídos vibrando. Ave María purísima.
     Merx, mirando al frente, con ese porte abusivo de los triunfadores, la condujo con señorío.
     Entonces, qué remedio, despejaron, más valía llevar la fiesta en paz.
     Una hora después la amiga, cuyo país acababa de salir de una guerra, abandonó el lugar con un gesto de ahí se ven. Pronto escucharon la explosión de una nave que se largaba.
     Aguardaron.
     No resistieron y fuero por Merx. Lo encontraron sin brazos, sin piernas y sin un par de órganos internos; pero con una sonrisa que los motivó a dejarlo así, para no afectarla.

jueves, 25 de agosto de 2011

Cuentos violentos


Como parte del taller de cuento en el cual estoy participando, sobre la violencia en la escena narrativa, se nos encargó leer y analizar los cuentos de esta antología compilada por Norma Lazo. La idea tras los relatos es explorar la violencia en sus diversos aspectos, yendo desde su tradicional y explícita forma física hasta la de carácter corporativo, pasando por la violencia de género y la autoinflingida. Como en toda colección de cuentos cortos, hay para todos los gustos y los hay unos mejor logrados que los otros. Dado que este blog es sólo de crítica y no de análisis, solamente comentaré brevemente cada relato.

El libro abre con un breve prólogo a cargo de la antologadora para dar paso a Los culpables, de Juan Villoro, sobre un par de hermanos entre los cuales un secreto sale a la luz al coescribir un guión cinematográfico. Guillermo Fadanelli nos presenta Shin Bu Kan, relato cíclico de un hombre que reflexiona sobre su pérdida de identidad frente a su pareja al encontrarse cerca de la muerte; a pesar de los muchos elogios al autor, no disfruté de su lectura. El despertar de la calle, de Eduardo Antonio Parra (quien imparte el taller), muestra la violencia doméstica de los barrios bajos contrastándola con la aparente alegría de las fiestas decembrinas.

En Eso que no es el mundo, Rafael Antúnez nos presenta a una especie de villana de telenovela en busca de venganza ante una falta quizás imaginada cuya historia se entrelaza con las anécdotas de un judicial que ha sido cansado testigo de incontables atrocidades; los personajes son bastante buenos, pero no se le da el peso suficiente a ninguna de las dos historias. Luego sigue Un asunto pesado, uno de mis favoritos en el libro, a cargo de Héctor de Mauleón; aquí un ex boxeador de compleja psicología que trabaja para el narco decide sacrificar ciertas cosas para cambiar el rumbo de su vida. Bajo el confuso título de El espejo de imán, Adriana González Mateos nos trae una historia de violencia artística aparentemente profética mezclada en una relación pseudoamorosa de codependencia.

Álvaro Enrigue nos habla de la sutil violencia que ejercen las mayorías sobre aquellos que son diferentes en El saco de Constantinopla, el cuento que más disfruté de la antología y, por mucho, el más divertido. Médico y medicinas, de Luis Arturo Ramos, va tejiendo lentamente la historia de un doctor con la de uno de sus pacientes que le despierta un interés inusual, revelando un lazo del pasado que los une a través de la culpa y el encono social. No me gustó el relato de Claudia Guillén, La iluminada, pues a pesar de retratar un hecho verídico y reciente sobre violencia derivada de la intolerancia e ignorancia religiosa siento que peca de reducir a los "villanos" a un lugar común.

La última terna de cuentos empieza con otro de mis favoritos: Neutral, de Naief Yehya, cuya representación de un atentado contra un líder terrorista basado en una historia real crea imágenes de gran exactitud y realismo. La sombra blanca, de Gabriela Vallejo, tiene por protagonista a un escalofriante psicópata que hace las veces de médico, cuestionando el papel de la medicina como una ciencia más bien inexacta. Por último, J. M. Servín nos presenta una violencia generada por la homofobia en Dando y dando, un cuento que cumple pero tiene algunas fallas en el planteamiento.

sábado, 20 de agosto de 2011

Ciudad


Esta novela, originalmente publicada en 1952, está compuesta por ocho cuentos que hablan sobre la humanidad, ese perpetuo enigma. Más enigmático aún dado que ha desaparecido y son los perros, herederos del mundo, los que analizan esta literatura intentando descifrar su significado y sin decidirse por si el hombre en realidad existió o es sólo una leyenda.

A diferencia de las Crónicas marcianas de Bradbury, aquí no se resaltan los aspectos negativos de la humanidad. Bueno, no todos. Pero se plantea la cuestión de que los verdaderos problemas de la humanidad no radican en sus defectos sino en sus características intrínsecas: en la imposibilidad de comunicar una idea de manera clara, en sus limitaciones para percibir la realidad, en su orgullo, en sus ganas de ser algo más.

El prólogo y las notas previas a cada cuento son escritas por un perro, que plantea la verosimilitud de cada relato y las distintas posturas al respecto. Los cuentos mismos nos narran la historia de la humanidad a partir de 1999 y avanzan a pasos acelerados hasta diez o doce mil años en el futuro. Ciudad, el relato que da título a la obra, nos habla de la obstinación y la fútil resistencia al cambio. Encierro versa sobre la creciente agorafobia en la humanidad, la cual es evidente ya en nuestra época. En Censo se nos presenta a los mutantes, humanos que han cambiado pero lo que los hace distintos no es su naturaleza biológica sino su indiferencia al resto de la gente; aquí también aparecen los primeros perros parlantes. Deserción es el único cuento que abandona de manera momentánea a la protagónica familia Webster para contarnos sobre un hombre y su perro que deciden dejar de serlo, para ser algo mejor. En Paraíso, no obstante, dicho hombre regresa para compartir sus hallazgos con el resto de la humanidad y un complot por parte de los mutantes logra acabar con la mayoría de la humanidad. Entretenimientos nos presenta a los restos de la humanidad, perdidos en labores insignificantes; en este cuento uno de los Webster se da cuenta de que es mejor dejar al mundo para los perros, sin la influencia del hombre, y asesta un golpe fatal al resto de su especie. Esopo es un ejemplo de que el hombre, por bienintencionado que sea, siempre será una criatura destructiva. Y El modo más simple reitera esa postura.

Tal vez en efecto la humanidad no tenga solución a sus problemas, quizás el mundo sea un lugar mejor sin su presencia. Para terminar esta reseña les dejo esta portada alternativa que me resultó impresionantemente buena, así como el fragmento final del sexto relato:


Y eso no debía ocurrir. Los perros temían que tener su posibilidad. Tenían que vivir tranquilos e intentar el éxito allí sonde el hombre no lo había logrado. Y mientras hubiese un elemento humano, los perros no podían tener éxito. Pues el hombre querría volver a dominarlo todo, estropearía las cosas, se reiría de los duendes que hablaban en el otro cuarto, objetaría que se domase y civilizase a todos los animales.
     Normas nuevas, un nuevo modo de pensar y vivir, una nueva aproximación a los problemas sociales. Y no había que manchar todo eso con el pesado aliento del hombre.
     Los perros se reunirían en las noches, después del trabajo, y hablarían del hombre. Contarían, una y otra vez, las viejísimas historias y el hombre sería un dios.
     Y sería mejor de ese modo.
     Pues un dios no puede obrar mal.

viernes, 15 de julio de 2011

Crónicas marcianas


Lo dije y lo repito: Bradbury es uno de los mejores escritores que han pisado este planeta (y tal vez también otros).  Este libro es al mismo tiempo una colección de cuentos cortos y una especie de novela compuesta que relata, paso a paso, la paulatina invasión de los terrícolas al planeta Marte, el traslado de todas las cosas malas de la humanidad al nuevo planeta y su paulatino abandono del mismo.

Intercalando cuentos breves con otros más extensos, considerados en una continuidad que inicia en el entonces futuro 1999 y concluye en el aún venidero 2026, es uno de los mejores ejemplos de ficción especulativa. Sí, se siente retro-futurista: no pude evitar imaginar a los colonizadores como vaqueros en el espacio y la tecnología se antoja anticuada, pero muchos otros elementos mantienen vigente esta obra.

Varias expediciones al planeta rojo se ven frustradas por diversos motivos. La primera, por un marido marciano celoso, al cual no puede importarle menos la llegada de seres de otro planeta, simplemente quiere coartar la libertad de su esposa (Ylla). Una segunda expedición termina en locura que se contagia y en la dupla asesinato/suicidio (Los hombres de la Tierra). La siguiente, quizás la más estremecedora, nos lleva a lo que podría ser el más allá para terminar en homicidio, no sin el correspondiente dolor de quien lo lleva a cabo (La tercera expedición). Pero los humanos no nos damos por vencidos, no, señor. Una cuarta expedición es necesaria; en ella, un arqueólogo se da cuenta de que los hombres sólo arruinarán algo hermoso, lo contaminarán y lo desperdiciarán como ya hicieron con su propio planeta, e intenta evitarlo... con esperados y funestos resultados (Aunque siga brillando la luna).

Es entonces cuando comienza la colonización. Gente que viene huyendo de algo o buscando qué sé yo, cada cual llega con su propio motivo y su propio infierno. En La mañana verde, Bradbury se adelanta a muchos y nos habla de un proceso terraformador. Encuentro nocturno juega con la nostalgia, el temor al futuro y las ganas de fiestear tras un día de trabajo (comunes entre terrícolas y marcianos, al parecer). Los músicos son unos niños que juegan entre cadáveres alienígenas que cayeron víctimas de las enfermedades comunes a nosotros. Mientras tanto, Un camino a través del aire nos muestra que el racismo sigue siendo el pan de cada día.

Usher II, quizás mi relato favorito del libro, hace un sentido homenaje a varias obras de Edgar Allan Poe al tiempo que, acercándose al horror, nos hace cuestionar a las fuerzas moralizadoras de la humanidad. También tenemos El marciano, donde uno de los pocos sobrevivientes de la especie nativa intenta sobrevivir, sólo para verse destrozado por los deseos y las dependencias insignificantes de los hombres.

De repente, cuando el año 2005 se acerca a su fin, las noticias de la Tierra son inquietantes. Hay rumores de que la Gran Guerra, ahora sí la "buena," está por desatarse. Y las consecuencias se dejan sentir en Marte: en Fuera de temporada, uno de los miembros de la expedición final es el orgulloso dueño del primer puesto de hot dogs en Marte, pero su xenofobia lo lleva a cometer crímenes contra inocentes que sólo se condolían por él. Súbitamente, todos empacan y parten de regreso a donde están sus raíces, sus familiares, dejando atrás Los pueblos silenciosos, en los que un hombre se da cuenta de que estar solo no necesariamente es tan malo.

En Los largos años, más personajes de la expedición triunfadora regresan para dar testimonio de lo que un hombre puede hacer para conservar la cordura, a pesar de engañarse a sí mismo. Vendrán lluvias suaves es el relato sobre la "muerte" de una casa automática, en la que lo único que quedó tras el paso de la humanidad es la repercusión de la rutina, las aspiraciones a una buena vida, ultimadamente carente de sentido. Para terminar, El picnic de un millón de años nos propone una solución: para poder escapar de manera definitiva a los problemas de la humanidad, debemos dejar de ser humanos.

Leyendo las líneas que cierran el libro, con la piel erizada y los ojos húmedos, llegué a la conclusión (que ya desde hace mucho sospechaba) de que quiero dejar de ser humano y convertirme en algo más, con suerte algo mejor.

martes, 12 de julio de 2011

The Dangerous Alphabet


Neil Gaiman, uno de mis escritores favoritos, nos trae este álbum infantil que nos enseña el abecedario de una forma un tanto siniestra. Un poema en trece ingeniosos pareados nos cuenta la aventura de dos niños y su valiente gacela que buscan un tesoro pero encuentran en su lugar a monstruos y piratas, que ponen en riesgo sus vidas.

Ilustrado por Gris Grimly, su estilo contribuye al toque macabro de los versos. Lo que me encantó es que en cada página dibuja objetos cuyo nombre empieza con la misma letra, por ejemplo la S de shrunken head, scaphander, sewer, spear, snake, starfish y skull.


Me encantaría traducir este librito, tal vez lo intente un día de estos. Mientras tanto, les recomiendo lo consigan y le echen un ojo, no se arrepentirán.

El país de Octubre


Bradbury fue, sin duda, uno de los mejores escritores de todos los tiempos (y según algunos, el mejor escritor de Ciencia Ficción). Este libro reimprime quince de sus primeros cuentos publicados originalmente en Dark Carnival, acompañados de otros cuatro relatos. Todos ellos son previos a sus escritos más famosos de CF, pero no por eso tienen menos calidad o contundencia. Más bien pertenecen al género de fantasía o bien de horror, un par de ellos literalmente me pusieron la piel de gallina al leer las últimas líneas.

Comienza con relatos más bien ligeros pero al mismo tiempo sofisticados: El enano nos presenta a un entrañable personaje que sueña con ser alto y a una persona malintencionada que quiere destruir su ilusión; El siguiente en la fila es sobre una turista en México que siente pavor por las momias, este cuento me recordó otro de su libro El hombre ilustrado, aunque no recuerdo el título; La desvelada ficha de póquer de H. Matisse satiriza a los círculos de críticos de arte.

Esqueleto empieza a mostrar el lado más escalofriante del autor, comienza con una premisa absurda pero el final es estremecedor; La jarra es un maravilloso recuento de la necesidad de la gente por creer en algo y su desenlace macabro es muy sutil; El lago fue mi favorito de todo el libro, en el que un hombre se da cuenta de que su felicidad ha sido falsa por muchos años; El emisario tiene elementos que me recordaron a Soy leyenda de Richard Matheson, muy bueno.

Tocados por el fuego deja un poco de lado la fantasía para contarnos una historia original pero igualmente escabrosa; El pequeño asesino retrata de manera fidedigna el muy justificable temor hacia los bebés (sabía que no era el único que los considera malignos); La multitud es un poco predecible, pero no menos aterrador.

La caja de sorpresas nos muestra una realidad familiar vista a través de los ojos de alguien para quien todo lo que conocemos es ajeno, el final se ve venir pero me estremeció; La guadaña fue otro de mis favoritos, una buena manera de explicar tantas guerras y tanta muerte en el mundo; El tío Einar también es decididamente fantástico, con un personaje amargado que ve su pasado con melancolía y arrepentimiento.

El viento entra de lleno al ámbito del horror, reminiscente de mitos sobre criaturas elementales con mala voluntad para con los humanos; El hombre del primer piso tiene un final inesperado y muy perturbador; Había una vez una vieja nos cuenta la divertida historia de una mujer que se niega a morir; La alcantarilla es una historia de un amor perdido y vuelto a encontrar más allá de la muerte; la colección cierra con La maravillosa muerte de Dudley Stone, intrigante relato sobre un lector que busca esclarecer el misterio que gira en torno a su escritor favorito y su enigmático retiro, una reflexión sobre el valor de la vida y el éxito.

Me salté el penúltimo cuento, Reunión de familia, pues quiero usar sus líneas finales para terminar esta reseña. Cabe mencionar que el tío Einar del otro cuento regresa en éste, que trata sobre uno de sus sobrinos el cual siempre ha sido el "raro" en su familia de criaturas extravagantes y monstruos por ser "normal" como todos nosotros. Quien haya sentido que no encaja en ninguna parte podrá identificarse con el narrador:

     -Timothy -dijo mamá. Se acercó a Timothy y le tocó la cara-. Hijo -continuó-, te queremos. No lo olvides. Todos te queremos. No importa que seas distinto, no importa si un día nos dejas. -Mamá le besó la mejilla.- Y si mueres un día, cuidaremos de que tus huesos descansen en paz, te lo aseguro. Iré a visitarte en las Vísperas de Todos los Santos y te llevaré al sitio más seguro.
     La casa estaba en silencio. A lo lejos el viento pasó por encima de una loma llevando una última carga de murciélagos oscuros, resonando, revoloteando.
     Timothy subió los escalones, uno por uno, llorando todo el tiempo.

miércoles, 6 de julio de 2011

El país de los hablistas


Amma, Primera Mujer, Madre de Cuantos Son y Cuantos serán, despertó en la oscuridad, cuando nada más existía, pero no le tuvo miedo y trató de tocarla. Y la oscuridad, complacida, engendró al mundo para las manos de Amma, para que sus ojos pudieran ver y sus pies anduvieran. Y cuando Amma dio su primer paso hubo la distancia; cuando dio el segundo, el tiempo, y cuando dio el tercero, y vio que todo alrededor era hermoso y nuevo, hubo en ella el deseo: el ansia de lo que está lejos.

Así comienza el cuento La verdad, primero de los diez que conforman este libro de Alberto Chimal publicado por Libros del Umbral en 2001. Este mismo fragmento también apareció como un pie de página al final de Vecinos de la Tierra, libro que ya fue reseñado en este, su blog de confianza. Al igual que en dicho libro, en El país de los hablistas se pueden distinguir los inicios del estilo de Chimal aunque aquí ya está más cimentado y su capacidad para construir realidades dentro del género de lo fantástico e imaginativo.

Los relatos incluidos giran en torno a un mismo tema: las historias. La importancia de las mismas, el papel que juegan a lo largo de la existencia de la humanidad, su capacidad de prefigurar y reconfigurar la realidad. O al menos esa impresión me dio.

El mencionado La verdad nos cuenta un mito de la creación, el cómo el mundo empezó y cómo los humanos empezaron a creer más en la ficción que en la realidad evidenciada por sus sentidos. Historia del plato de sopa nos cuenta la disputa alrededor de una dudosa transacción comercial. En La vida perdurable, dos pícaros entrañables se encuentran atrapados en un predicamento por su infamia, pero recurren al ingenio que los hizo notables en el primer lugar para salir de su presente aprieto. Unos vampiros -o algo parecido- hacen su aparición bajo el nombre de worgoi en El ejército de la luna, cuyo final inevitablemente me recordó al comic dentro del comic de Watchmen, The Black Freighter. El juego más antiguo relata un duelo entre dos brujas, reminiscente al duelo en el infierno librado por Morpheus en el primer volumen de Sandman pero yendo aún más lejos. Fortuna nos cuenta una breve historia de destinos adversos y decisiones amargas. El siguiente relato muestra la inflexibilidad de Los justos, quienes se muestran implacables ante faltas que a su parecer son objetivas. La Historia del Congreso, la desesperada y el ave fabulosa versa sobre la importancia de los sueños. Una maldición antigua se cierne sobre el joven vigía que divisó y amó a La distante, arrastrándolo a la desesperación que eventualmente resulta ser su salvación. Y para terminar, transcribiré el relato final para que puedan disfrutar del mismo:

La partida

Una madre vio morir a su pequeño hijo en aquel temblor espantoso, el que destruyó la ciudad de Appa, pero no pudo resignarse a su muerte y rogó a los dioses que se lo devolvieran. Los dioses, compadecidos, no dejaron que el alma del pequeño entrase en el Otro Mundo y la devolvieron a su cuerpo. Pero ya saben cómo son los dioses: el cuerpo no dejó de estar muerto, no se aliviaron sus múltiples heridas, así que el corazón de la madre pasó de la dicha de tener a su hijo, de no haberlo perdido, al horror de ver sufrir a la pobre criatura, prisionera de su carne lastimada. Y luego vino el asco, sí, el asco, porque el niño comenzó a pudrirse, y los gusanos lo devoraban, y gritaba llamando a la muerte pero, como he dicho, ya estaba muerto. La madre, enloquecida, lo apuñaló una vez, dos, tres, muchas; luego lo apedreó, lo envenenó, lo estranguló... Pero el niño sólo gritaba, sólo sufría. Al fin ella lo tomó entre sus brazos, piel rasgada, huesos rotos, sangre negra, y lo arrojó a las llamas de una hoguera. Y el desdichado ardió, y fue humo y ceniza, y el viento lo dispersó y lo confundió con el aire, y entonces la madre se consoló bien o mal. Pero no debió hacerlo porque en esos restos impalpables estaba aún el alma doliente, y esa alma sigue hoy en el mundo, dispersa pero viva, como lo sabe todo aquel que respira, que abre la boca y siente de pronto la tristeza.

miércoles, 29 de junio de 2011

Vecinos de la Tierra


Este es uno de los primeros libros de Alberto Chimal, por ende un tanto difícil de conseguir. Yo tuve la fortuna de poder tomarlo en prenda de la biblioteca de mis amigos Ana Paula y Miguel. Se nota su pertenencia a la etapa temprana de sus escritos pues la prosa no es tan pulida como en obras más recientes y resulta un poco pesado, pero ya se ve desde aquí el potencial del autor para crear mundos fantásticos sólidos y completos.

El libro es uno de esos que pretenden ser volúmenes antiguos y apócrifos, creando la impresión de estar leyendo un documento histórico de otro mundo o de un tiempo remoto y hace mucho desaparecido, con todo y referencias a otros tomos ficticios. Consiste en un listado incompleto que describe cincuenta de los dos mil trescientos setenta y cinco pueblos que conforman a la gente del mundo. Se nos cuentan sus rituales y tradiciones, lo que los hace diferentes de los demás y similares al resto de nosotros. Para terminar esta breve reseña, transcribiré mi pueblo favorito:


Odio

Los birrah* creen que el mundo es hostil a la vida de los hombres; que contra ellos, para destruirlos, todas las cosas, todos los seres, aun los cielos y cuanto está sobre los cielos libran una guerra sorda y constante. Por eso, dicen, cae el rayo. Por eso pican las abejas, muerden los perros, albergan veneno las setas y los tallos de macuz. Por eso se rompen los cántaros, arden las casas, se quiebran los mástiles, rugen las aguas cuando el mar sepulta a las embarcaciones. Por eso el deterioro y la muerte. (Duermen poco durante la infancia, pues tardan en comprender que el infortunio llega a pesar de la vigilia.)
     Pero ninguno de ellos se resigna a su hado. Cada dolor, accidente o desgracia les parece una afrenta que ha de vengarse. Así, tienen por ley no poseer objeto alguno y destruir los de otros; dar muerte a todo animal, tronchar y quemar toda planta que encuentren; derramar venenos en las aguas, echar sal en la tierra, dispersar en el aire polvos infectos y humos pestilentes...
     Vagan desnudos por Yermo Sin Sol y esperan que un día, como sus profetas les han presagiado, nazca entre ellos un campeón que se levante y destruya al universo.

* "Los Que Nos Vengamos"

lunes, 27 de junio de 2011

Memorias sesgadas de un hombre en el fondo bueno y otros cuentos hueros


Mi estimado Carlos Meléndez me hizo el favor de prestarme este librito tan divertido que, al parecer, es un tanto difícil de conseguir. En él, Francisco Hinojosa nos trae siete cuentos que retratan, yendo de lo mundano a lo fantástico, la idiosincrasia del mexicano.

En el relato titular, un dramaturgo nos cuenta de su paso por la política nacional, sus amoríos, su inesperada llegada a la presidencia y su claudicación de la misma. Un ejemplo de belleza es una sátira que critica al mundo del arte, a todos esos "creadores" que hacen pura idiotez pero todo mundo los elogia. Relato de espantos en tierra nevada nos presenta a unos gordos que desayunan a la hora de cenar y vice versa, a quienes ocurren fenómenos aparentemente sobrenaturales durante un fin de semana. En Explicación, un hombre de calidad humana dudosa y con una esposa igual de moralmente ambigua intenta explicar precisamente (sin mucho éxito) por qué dice que ellos se parecen a Tolstoi y Curie. La averiada vida de un hombre muerto es un listado de cien sucesos que conforman la historia de un hombre de origen humilde que lleva a cabo acciones casi siempre ilícitas y miente sobre su pasado para reconstruirlo. People are strange versa sobre un anciano y su joven nieto que padecen de una extraña enfermedad, la cual va mermando sus cuerpos y les augura una muerte segura... que resulta no ser tan certera como esperaban. Para terminar, Historia de lo que sigue es el recuento de una noche en la que el alcohol y el deseo se mezclan con la muerte para desembocar en violencia y sexo desenfrenado.

A pesar de retratar aspectos negativos de la humanidad, los aborda con mucha naturalidad y evita caer en juicios morales innecesarios. Otro gran acierto es que ninguno de los relatos termina con la muerte del protagonista... y cuando lo hace, le da la vuelta con mucho ingenio. En resumidas cuentas, esta antología es una lectura ligera y muy recomendable.

jueves, 16 de junio de 2011

La noche


Por recomendación de mi amiga Ana Paula, leí este libro de Juan García Ponce en la versión de Ediciones Era. Publicado originalmente en 1963, consta de tres novelas cortas (aunque tal vez la última sea más bien un cuento extenso). Escritas con una profunda melancolía, me fue inevitable deprimirme mientras las leía.

El libro abre con Amelia, mi favorita de las tres, que narra la historia de un joven matrimonio: su inicio mundano, su progresión romántica y su inevitable degeneración hasta fondos insospechados. Todo esto visto en retrospectiva y con gran arrepentimiento.

Después sigue Tajimara. El título hace referencia al nombre de un poblado en donde el narrador vive distintas cosas. Nos habla de un amor de la adolescencia que nunca fue y del reencuentro de ambas partes varios años después, que ocasiona se vean envueltos en una relación conflictiva y desgastante que tampoco tiene posibilidades de funcionar.

Por último, el relato que da nombre al libro, La noche. El principio me recordó la narrativa de Lovecraft, con su visión fatalista de la realidad. Un hombre empieza a espiar accidentalmente a su vecina y se ve arrastrado a una existencia mundana y por esto mismo sórdida. Al enfrentarse a un mundo insípido y sin ilusiones, se da cuenta de que él mismo siempre había formado parte de él pero no quería reconocerlo.

A continuación transcribiré las últimas líneas de cada relato. No se preocupen, no les arruina la historia ni nada, simplemente me pareció que tienen mucha fuerza:

Nunca hablamos de Amelia; pero cuando estoy solo, la recuerdo y a veces descubro que todavía, por las noches, extraño el calor de su cuerpo, su sonrisa, su mirada después de hacer el amor. Entonces, pienso que es extraño que jamás descubramos el sentido de nuestros actos, y sin embargo, en una forma u otra, siempre seamos responsables de ellos. (Amelia)

Caminé sin rumbo y sentí dentro de mí el vacío de la tarde que empezaba sin Cecilia. El sentido de la historia es lo de menos; mientras la escribía sólo tenía presente la imagen de Cecilia. Jamás podremos olvidarnos de nosotros mismos y nuestros problemas envuelven a los demás y los deforman. (Tajimara)

Durante dos meses la vida transcurrió igual que siempre, aparentemente monótona, aparentemente apacible. Luego supimos que Beatriz había sido internada en un sanatorio. Hubiera querido compartir su alto destino. (La noche)

miércoles, 15 de junio de 2011

Versus: La alegría de vivir, México lindo y El trabajo


Hay muchas cosas de las que tenemos que quejarnos, muchas cosas que nos tienen inconformes en este mundo. Por este motivo, Tumbona Ediciones lanzó una colección de ensayos a la vez profundos y jocosos para denunciar algunos de los males de nuestra sociedad contemporánea. En doce rounds, que pueden leerse en cualquier orden y no tienen relación unos con otros, una amplia selección de autores nos proponen distintos puntos de vista para contradecir a la mayoría. Ana Paula me prestó tres de estos libros: me gustaron tanto que en cuanto la vea le pediré me preste más.


Este autor neoyorquino inaugura la colección con sus quejas en contra de aquellos que disfrutan tanto de los goces de la vida... que le dan una apariencia de falsedad a sus actividades. El mentado joie de vivre, el disfrute del queso y los vinos (tan gustados por los hipsters de hoy en día), los ancianos llenos de vitalidad a los cuales pareciera que hay que admirarles el simple hecho de haber alcanzado cierta edad (a lo cual yo equiparo a la gente que considera que tener un hijo es un logro en sí mismo), las reuniones sociales en las cuales se habla de todo sin hablar de nada (en las cuales el qué dirán tiene un gran peso).

También reflexiona en lo parecido de esta alegría desmedida con la desesperación propia de alguien depresivo y cuestiona la tendencia a vivir siempre en el momento actual negando pasado y futuro. Por último, se va al plano personal para hablar del aspecto sexual en la búsqueda de la auténtica felicidad y termina por cuestionarse si su enojo contra la gente aparentemente feliz no se debe a una cierta envidia, motivada por la sospecha de que ellos descubrieron a algo que a él se le escapa. De cualquier forma, termina por descartar esa posibilidad y cierra su ensayo escribiendo:

Hasta aquí la joie de vivre. Es demasiado compensatoria. No sé qué espero en realidad. Sé que sólo hasta haber obtenido lo que quiero de esta vida mis manifestaciones de gratitud y alegría estarán restringidas a las variaciones en la acechanza de un cazador. Doy gracias al aroma que clarifica el olfato. Pero considero hipócrita simular satisfacción mientras continúe hambriento.


De ahí me salté al round 11, donde diversos autores despotrican contra las preconcepciones del mexicano promedio. Héctor J. Ayala, desde el exilio autoimpuesto, derriba sistemáticamente los componentes del "color local": el malinchismo, la buena educación (más bien amaestramiento), la unión familiar, la religión, la moralina, la fiesta, las letras (nunca exentas de esnobismo) y el patriotismo. Eduardo Huchín cuestiona la defensa de las artesanías "típicas" por la sola razón de ser hechas en México y por considerarse estas representativas de algo que es atípico en la mayoría de los mexicanos. Luis Vicente de Aguinaga nos presenta un diálogo platónico que de manera ingeniosa destruye la noción del ingenio del mexicano, mostrándola como lo que es: una mezcla de pendejez y "ladinería."

Lobsang Castañeda recurre a un lenguaje muy elevado para atacar al arraigado espíritu del machismo, intentando más bien encontrar sus puntos débiles que una solución permanente (la cual se le antoja imposible). Brenda Lozano arremete contra la figura paterna, tan presente y fundamental en la tradición de este país paternalista; a través de su emotivo ensayo nos demuestra que para estar contra el padre, también se debe conocerle y amarle. Por último, José Israel Carranza hace lo propio al quejarse de esa costumbre de crear muchedumbres para sentirnos más mexicanos, sólo por celebrar que somos mexicanos, cuestionando la "diversión" que dichas situaciones brindan en realidad.


Para terminar (por ahora), leí el último libro de la colección. Este incluye ensayos de distintas épocas que enaltecen el ocio y el descanso y contradicen la tendencia actual de vanagloriar al trabajo sin descanso. Desde la antigua Roma, Lucio Anneo Séneca diserta sobre aquellos que se la pasan ocupados, incluso algunos falsos ociosos. Samuel Johnson aporta, extraídas de su columna El ocioso, un par de reflexiones sobre qué significa realmente ser un ocioso y del esfuerzo que esto implica. El tan citado Friedrich W. Nietzsche combate a los apologistas del trabajo, rememorando aquellos tiempos en que era vergonzoso tener que trabajar y la sociedad veía bien a quien nunca se veía en tan penosa necesidad, exactamente al revés que en nuestros ajetreados días.

Bertrand Russell, creador de la filosofía utilitarista, elogia la holgazanería al plantear un esquema en el que es más que factible reducir la jornada laboral a la mitad, conservando el mismo nivel de productividad gracias a los avances tecnológicos y generalizando más ampliamente el nivel de bienestar de la población. Theodor W. Adorno colabora con una intrincada descripción de la problemática de intentar llenar nuestra vida con pseudoactividad para llenar nuestros tiempos muertos, sin darnos cuenta de que esta misma búsqueda incrementa el estrés que la genera. El libro cierra con broche de oro, con un brevísimo ensayo del rumano E. M. Cioran, el cual transcribiré a continuación:

LA MALDICIÓN DEL TRABAJO

Los hombres trabajan demasiado para ser ellos mismos. El trabajo es una maldición que el hombre ha convertido en un placer. Trabajar sólo por el trabajo mismo, disfrutar una labor sin recompensa, imaginar que puede uno sentirse pleno gracias al esfuerzo asiduo -todo eso es asqueroso e incomprennsible. El trabajo permanente e ininterrumpido adormece, trivializa y despersonaliza. El trabajo desplaza el centro de interés del hombre de lo subjetivo a lo objetivo de loas cosas. En consecuencia, el hombre ya no se interesa por su propio destino, sino que se enfoca en los hechos y las cosas. Lo que debería ser una actividad de transfiguración permanente se convierte en un medio para exteriorizarse, para abandonar el yo interior.
   En el mundo moderno, el trabajo se ha convertido en una actividad puramente externa; el hombre no se hace a sí mismo a través de ella, hace cosas. Que cada uno de nosotros debamos tener una carrera, debamos acceder a un cierto tipo de vida que probablemente no nos acomoda, ilustra la tendencia del trabajo a adormecer el espíritu. El hombre ve el trabajo como algo benéfico para su ser, pero su fervor revela su inclinación por el mal. En el trabajo el hombre se olvida de sí mismo; aún así, su olvido no es simple e inocente, sino más parecido a la estupidez. A través del trabajo, el hombre ha mudado de sujeto a ser objeto; en otras palabras, se ha convertido en un animal deficiente que ha traicionado sus orígenes. En lugar de vivir por sí mismo -no de manera egoísta sino creciendo espiritualmente- el hombre se ha convertido en el malogrado e impotente esclavo de la realidad exterior. ¿A dónde se han ido el éxtasis, la visión, la exaltación? ¿Dónde está la suprema locura o el genuino placer del mal? El placer negativo que uno halla en el trabajo contribuye a la pobreza y la banalidad de la vida diaria, a su mezquindad. ¿Por qué no abandonar este trabajo fútil y comenzar de nuevo sin repetir el mismo y oneroso error? ¿No es acaso suficiente con la conciencia subjetiva de la eternidad? La percepción de la eternidad es lo que la actividad frenética y el carácter trepidante del trabajo ha destruido en nosotros. El trabajo es la negación de la eternidad. Entre más bienes adquirimos en el reino de lo temporal, y más intenso es nuestro trabajo externo, menos accesible y más alejada estará la eternidad. Por eso la limitada perspectiva de la gente activa y energética, por eso la banalidad de su pensamiento y sus actos. No estoy contrastando el trabajo con a contemplación pasiva o con las ensoñaciones vagas, sino con una transfiguración irrealizable; de cualquier modo, prefiero una pereza inteligente y observadora a una actividad intolerable y terrorífica.
   Para despertar en este mundo moderno uno debe elogiar la pereza. El perezoso tiene una percepción mucho más aguda de la realidad metafísica que la que tiene el activo. Me atraen las distancias lejanas, el inmenso vacío que proyecto en el mundo. Una sensación de vacuidad crece en mí; infiltra mi cuerpo como un ligero e impalpable fluido. En su avanzar, como una dilación hacia el  infinito, percibo la misteriosa presencia del más contradictorio de los sentimientos que hayan habitado jamás el alma humana. Estoy a un tiempo feliz y triste, exaltado y deprimido, sobrecogido tanto por el placer como por la desesperación en la más contradictoria de las armonías. Estoy tan alegre y al mismo tiempo tan entristecido que mis lágrimas reflejan al mismo tiempo el cielo y la tierra. Si tan sólo fuera por la felicidad de mi tristeza, desearía que no hubiera muerte en esta tierra.