jueves, 10 de febrero de 2011

Trilogía sucia de La Habana


Como parte del neurointercambio navideño, recibí por parte de Carlos este libro. Desde mucho tiempo antes me lo había recomendado, diciéndome que era una maravilla y que cambiaría mi manera de ver las cosas. Esta edición incluye los tres libros de la trilogía: Anclado en tierra de nadie (1994), Nada que hacer (1995) y Sabor a mí (1997), que también se pueden conseguir por separado. Todos son colecciones de cuentos parcialmente autobiográficos que retratan la vida en Cuba, particularmente el La Habana, durante los tiempos de crisis económica.


Empecé a leerlo esperando deleitarme desde el principio, pero los primeros relatos me costaron trabajo. No sabía qué esperarme, definitivamente no podía identificarme con un tipo que se la pasa fumando, tomando ron y fornicando con bellas mujeres, actividades que suelo practicar con escasa frecuencia o, en el caso de fumar y beber, nula. Me daba la impresión de que Pedro Juan es una especie de Charles Bukowski caribeño y, de hecho, esa es una de las comparaciones más frecuentes. Pero es errónea.


Bukowski se muestra a sí mismo y a sus personajes como perdedores, anhelan el sexo pero éste los elude. Pedro Juan no es así, él encuentra la belleza en casi cualquier mujer, de todas las edades, y sabe cómo seducirlas (aunque no siempre consigue acostarse con la que desea). Mientras Bukowski es un alcohólico sin remedio y se siente culpable al beber o al apostar, Pedro Juan bebe por placer y para olvidar su situación.

Conforme van avanzando los cuentos, uno empieza a agarrarles sabor. A pesar de la desesperanza que relatan, el éxodo masivo hacia Miami, la imposibilidad de conseguir un empleo digno y la opresión de quienes detentan el poder, el tono nunca es gris ni pesimista. Al contrario, a través del sarcasmo hace gala de un humor muy peculiar. En medio de la santería y el catolicismo, entre los Estados Unidos y Fidel, los cubanos hacen frente a su realidad y viven al día, sin esperar nada y aprovechando la mínima posibilidad para sacar provecho aunque sea temporalmente, para pasar un buen rato.


Y todo esto es permeado por el erotismo. La gente, al literalmente carecer de algo mejor que hacer, busca fornicar (o como ellos le dicen, "templar") con lo que se ponga en el camino. Jineteras que intentan amarrar a algún turista para darse la buena vida con ellos y después llevarle el dinero a su macho tropical, homosexuales que buscan el amor en una pinga, hombres que se masturban al ver a parejas templar en plena calle, sujetos que van presos por exhibir su miembro a las señoras y tienen que cuidarse de que no les rompan el culo. Una ligera preocupación por el SIDA, sin embargo no lo suficiente como para usar protección o abstenerse de la promiscuidad. El mundo retratado por Pedro Juan desborda sensualidad.


Los primeros dos libros son puros cuentos autobiográficos o anecdóticos, pero el tercero nos presenta piezas en las que Pedro Juan sale de escena y nos narra las desgarradoras historias de varios personajes pintorescos y desdichados. Esto se vuelve refrescante, pues se aleja de lo repetitivo que habían llegado a ser los dos primeros libros y, a pesar de ser el más extenso de los tres, es el que más rápido se va.


Para terminar, los dejo con el que quizás fue mi relato favorito. Que lo disfruten.

YO, REVOLCADOR DE MIERDA

El "Gordon" atravesaba el Caribe lentamente. De sureste a noroeste. No se daba prisa. Hacía cuatro días que el huracán paseaba, dejando su rastro: dos mil muertos en Haití, trescientos en Santo Domingo. El mar furioso saltaba sobre el Malecón. El viento pulverizaba todo el salitre sobre los edificios viejos y derruidos. Yo no tenía nada que hacer. Por lo menos nada urgente. A largo plazo siempre están las expectativas, la esperanza, el futuro, todo será mejor, Dios nos ayudará. Pero todo eso siempre es a largo plazo. Por ahora, de momento, nada.
   Un negro estaba bajo el elevado del parque Maceo mostrando su larga pinga a las mujeres. Se la frotaba y se la estiraba. Tenía mucha ansiedad y daba paseítos mirando a uno y otro lado. Sacudía aquel tareco largo y prieto para que se parara. Cuando me vio se quedó con su cara de imbécil. Adentro seguro tenía mariguana o coca o pastillas. La gente siempre se indigna con estos imbéciles. Yo no. Me da igual. En realidad a muchas mujeres les gusta ver esas pingas en lugares donde habitualmente nadie las muestra. Y también hay hombres que les gusta verlas. Al menos para envidiarlas y pensar: "Ah, si yo tuviera un tareco así de grande y musculoso." Aunque no lo confiesan ni quemándolos en la hoguera. Y si uno se los dice, te contestan insultados: "Tú eres un corrompido, Pedro Juan, y crees que todo el mundo es igual." Así que un exhibicionista (y cada día hay más en los parques, en las guaguas, en los portales) cumple una hermosa función social: erotizar a los transeúntes, sacarlos un rato de su stress rutinario, y recordarles que a pesar de todo apenas somos unos animalitos primarios, simples y frágiles. Y, sobre todo, insatisfechos.
   Lo mejor del mundo es pasear por el Malecón sin rumbo, bajo un ciclón furioso. Vas caminando y a veces piensas. A veces no piensas. Lo mejor es no pensar, pero eso es casi imposible. Sólo lo logras con mucha práctica. Un turista mexicano camina hacia mí y de pronto se sonríe y me dice, con su tono michoacano: "¿La tormenta regresó? Oh, parece que sí." No le contesto. No sé si regresó o sigue de largo, ni me importa. El tipo se queda serio y sigue su camino. Ahora llueve en ráfagas. No hay un alma en todo el Malecón. Son las cinco de la tarde, pero con el cielo encapotado ya se hace de noche. Es una luz gris, fría y húmeda. Algo raro en esta isla de luz hiriente y cruda. Hay una luz tamizada por una niebla de lluvia, salitre y yodo. Me refugio tras una columna a esperar que pase el aguacero. Parece que tendré que acostumbrarme a vivir con estos ataques intermitentes de melancolía y tristeza. Es igual que vivir con una vieja herida de bala, que duele cuando hay humedad. Tal vez tengo unos cuantos motivos para la pesadumbre. Pero no debe ser. La vida puede ser una fiesta o un velorio. Uno es quien decide. Por eso la congoja es una mierda en mi vida. Y la espanto. Así estoy siempre: espantando la congoja, la pesadumbre y todo eso.
   Cuando escampó un poco subí por Campanario. En la otra esquina un gentío rodeaba a dos policías que retenían a un mulato joven, de unos dieciséis años. Lo tenían esposado, con las espaldas contra la pared. Todo el mundo lo miraba. Esperaban un auto patrulla para llevarlo a la jefatura. Intentó robar una bicicleta. El muchacho estaba apenado y miraba al suelo. La cabeza se le cayó sobre el pecho. Me quedé un rato observándolo. De pronto se le aflojaron las rodillas. Y se fue resbalando hasta caerse en el piso. Tenía tanto miedo que no podía sostenerse en pie. El murmullo de la gente que lo rodeaba repetía: "Ah, ¿te apendejaste ahora? ¿Y cómo no lo pensaste antes, cabrón?" Me fui.
   Atravesando unas cuadras me alejé del Malecón y del viento. En el parque de San Rafael y Galeano ya era casi de noche, pero ahí estaba la fauna habitual. Me siento en un banco y un poco más allá hay una señora muy flaca, muy alegre, conversando con otra: "Cuando lo probé me dije: Ahh, me voy a casar con un semental..., sí, sí, la ponía ahí perfecta, me hizo cuatro hijos, uno atrás del otro, ¡con una puntería! Paré yo, que me amarré una T de cobre y le dije ni uno más. Si fuera por él hubiéramos tenido diez o doce muchachos, jajajá..., era un toro padre." Entonces se acercó un joven, le cuchicheó algo al oído y ella se levantó y salió apurada. Muy de prisa. Ni se despidió de su amiga. Los bisnes del boulevard. Andas rápido o viene otro y te da alante.
   Hoy no estoy para los bisnes. Tengo veinte dólares en el bolsillo. Y eso es una fortuna. Estoy pensando rehacer el cuento sobre Rogeilo que empezaba: "¡No se caguen más en la azotea, cojones!" En Cádiz no quisieron publicarlo porque tenía cojones en la primera línea (no entiendo, El Quijote es un catálogo de palabras así. Bueno, tal vez El Quijote es un mal ejemplo para la literatura. Al final Cervantes se murió en la miseria). Me dijeron: "Es muy fuerte." Ja, ellos no saben lo que es fuerte. Debo rehacerlo, pero los cojones se quedan ahí mismo. Son unos cojones inamovibles.
   A mi lado se sienta un negro muy viejo y sucio, con ganas de hablar. Dice que fue patinador de la muerte y marinero. Recorrió todos los continentes. Se bajaba en los puertos con sus patines. Hasta en New York presentó su espectáculo tres veces. Se levanta la camisa y me enseña unas cadenas. Todo lo tiene encadenado al cinturón: la billetera, un cuchillo grandísimo, unas bolsas de nylon con papeles y una petaca de aluminio. Eso lo aprendió de un griego a bordo del Caiman Island. Lo escucho un poco, pero no. Me despido lo más amable que puedo, y me siento en otro banco. Ya está muy oscuro y no quiero a nadie alrededor. Si me roban los veinte dólares me quedo en cero.
   El viejo me hizo perder el hilo del cuento de Rogelio. Lo escribí hace años. Rogelio había acabado de morir y yo imaginé muchas cosas de su vida. No es un buen cuento. Lo mejor es la realidad. Al duro. La tomas tal como esté en la calle. La agarras con las dos manos y, si tienes fuerza, la levantas y la dejas caer  sobre la página en blanco. Y ya. Es fácil. Sin retoques. A veces es tan dura la realidad que la gente no te cree. Leen el cuento y te dicen: "No, no, Pedro Juan, hay cosas aquí que no funcionan. Se te fue la mano inventando." Y no. Nada está inventado. Solo que me alcanzó la fuerza para agarrar todo el masacote de realidad y dejarlo caer de un solo golpe sobre la página en blanco.
   Pues así, después me enteré que cuando era muy niño, Rogelio tuvo que identificar a su madre en la morgue. Un amante la descuartizó en seis pedazos. Rogelio tenía ocho años. A partir de ahí se jodió. Mudaba de carácter veinte veces al día: de un llanto sensiblero a la violencia más odiosa. De un tipo inútil y blandito, a un supermán fuerte y solucionador de problemas. Un tipo lleno de contradicciones y sin resistencia. Tan necesitado de amor y tan cobarde y dependiente que soportó angustiado todos los amantes de su mujer. Uno detrás del otro. Siempre había alguno. A los cuarenta y seis años no resistió más y murió de un infarto fulminante. Ahora, cuatro años después, la mujer es un esqueleto desastroso con una enfermedad grave en los huesos. El hijo menor está preso la mitad del tiempo y la otra mitad anda loco y desesperado. La hija es prostituta de poco éxito en los hoteles de extranjeros. Los tres obsesionados por emigrar. Creen que la solución la encontrarán en Estados Unidos. Pasan un hambre horrible, sin dinero, y jamás se acuerdan de que Rogelio existió.
   Así que debo rehacer el cuento. Ahora será mucho más fuerte. Sin una sola mentira. Sólo cambio los nombres. Ese es mi oficio: revolcador de mierda. A nadie le gusta. ¿No se tapan la nariz cuando pasa el camión recolector de basura? ¿No esconden al fondo las cubetas de los desperdicios? ¿No ignoran a los barrenderos en las calles, a los sepultureros, a los limpiadores de fosas? ¿No se asquean cuando escuchan la palabra carroña? Por eso tampoco me sonríen y miran a otro lado cuando me ven. Soy un revolcador de mierda. Y no es que busque algo entre la mierda. Generalmente no encuentro nada. No puedo decirles: "Oh, miren, encontré un brillante entre la mierda, o encontré algo hernoso." No es así. Nada busco y nada encuentro. Por tanto, no puedo desmostrar que soy un tipo pragmático y socialmente útil. Sólo hago como los niños: cagan y después juegan con su propia mierda, la huelen, se la comen, y se divierten hasta que llega mamá, los saca de la mierda, los baña, los perfuma, y les advierte que eso no se puede hacer.
   Eso es todo. No me interesa lo decorativo, ni lo hermoso, ni lo dulce, ni lo delicioso. Por eso siempre he dudado de una escultora que fue mi mujer algún tiempo. Había demasiada paz en sus esculturas para ser buenas. El arte sólo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero. Sólo un arte irritado, indecente, violento, grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos o nunca queremos ver para evitarle molestias a nuestra conciencia.
   Así. Nada de paz y tranquilidad. Quien logra el reposo en equilibrio está demasiado cerca de Dios para ser artista.
   Me metí las manos en los bolsillos. Sentí el billete de veinte dólares. Puedo comprar una botella de ron y una caja de cigarros. En mi cuarto de la azotea el ciclón debe de estar soplando a todo trapo. Y mucho mejor si además me llevo una mulata para allá arriba. Entonces no sé de cuál sombra emergió aquella negra loca. Nos conocemos del barrio. Yo no la saludo pero ella es fresca y siempre intenta conversar conmigo. Viene apresurada hacia mí. En un par de años ha sido sucesivamente la negra más pobre, cochina y apestosa de todo este barrio. De ahí se metió a jinetera de lujo, con perfumes chillones y vestidos de mucho brillo, blancos y rojos. Ahora es esclava de Jehová. Lo dejó todo para predicar. Anda con unos espejuelos gruesos, una Biblia y unas ropas muy recatadas, de colores discretos. Me vio y no me da tiempo a nada. Se me acerca aprisa y me suelta de sopetón: "Hermano, ¿tú sabes leer la Biblia? Hay un salmo que quisiera comentar contigo. Es el 51, que dice: 'Ten piedad de mí, oh, Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad. Y límpiame de mi pecado.' ¿Sabes por qué David hace esta plegaria pidiendo purificación? ¿No lo sabes? Seguramente nunca lo has pensado."
   Ah, no. No tengo resistencia para esto. A veces es así. Uno se aburre y no hay nada que hacer. Me voy a buscar el ron y los cigarros. Después ya veré qué hago.

lunes, 7 de febrero de 2011

Black Swan

(Darren Aronofsky, Estados Unidos, 2010)

El quinto largometraje de Aronofsky ha dado mucho de qué hablar. Por una parte, están los montones de premios y nominaciones, sobretodo por la actuación de Natalie Portman. El filme es uno de los favoritos para la próxima entrega de los Óscares, con cinco nominaciones. Es una producción a gran escala dirigida a un público masivo que difícilmente deja insatisfecho incluso al espectador más exigente. Pero entremos en materia.


Aronofsky se ha caracterizado por tocar temas difíciles, nada populares, de los que generalmente la gente evita hablar. Desde la ambición desmedida de la humanidad con tintes metafísicos (Pi, 1998), las consecuencias del abuso de las drogas (Requiem for a dream, 2000), la aceptación de la muerte (The Fountain, 2006) y el costo de una vocación autodestructiva (The Wrestler, 2008), ahora nos cuenta una historia sobre el precio de la perfección.


Revisitando temas y estilos visuales de sus anteriores películas, Black Swan nos muestra a un cineasta muy maduro y con un gran conocimiento de las artes en general, y de las visuales en particular. Desde la forma de capturar espacios arquitectónicos, esculturas o pinturas a cuadro, así como el uso de la cámara para filmar las secuencias de baile no como una observadora sino como una bailarina más en el escenario, Aronofsky pone en evidencia el profundo amor que tiene por las creaciones artísticas de distintos ámbitos. También la música juega un papel muy importante en crear las atmósferas necesarias de tensión sublime. Y la fotografía utilizada en la película, con el granulado que ha caracterizado a la mayor parte de su obra, nos muestra una realidad aparte que a pesar de desenvolverse bajo sus propias reglas se apega mucho a la verosimilitud de nuestro mundo.


Nina Sayers es una bailarina de ballet con grandes expectativas, que se presiona más allá de sus límites con tal de lograr la perfección en su técnica. Vive con su madre en una nociva relación simbiótica, de las típicas en que la madre quiere autorrealizarse a través de su progenie y absorbe cada aspecto de su vida. Nina demuestra ser una persona reprimida, incómoda alrededor de su propia sexualidad, absorta en sus prácticas y con poco tiempo para socializar. Cuando Thomas Leroy anuncia su más nueva producción del Lago de los cisnes, Nina se propone hacer lo que sea necesario para conseguir el rol principal. Mas una vez que lo logra, Thomas la lleva a confrontar sus más profundos temores, mostrándole que también hay perfección en el caos y en el descontrol.


Leroy parece querer seducir a Nina y aprovecharse de ella, pero soy de la opinión que él solamente buscaba liberarla de sí misma, destruir las barreras que ella sola se había impuesto para poder llevarla a alcanzar todo su potencial. Para esto trae consigo a Lily, quien es incluso físicamente parecida a Nina, pero como su lado oscuro. Esta "gemela maligna" es como una fuerza de la naturaleza, impredecible y difícil de medir. Inocentemente se introduce al mundo de Nina y funge como el catalizador de los cambios venideros, despertando en el proceso sospechas paranoicas en su contraparte "buena".


La cinta aborda el tema de la dualidad y la transformación interior. Nos muestra a través de lo que parecen ser alucinaciones algo que, más que un descenso a la locura, es la gradual transmutación de Nina en algo más, algo distinto, una síntesis de ella misma y su completo opuesto. A lo largo de la película, los reflejos nos muestran otra realidad, desde la imagen distorsionada de la protagonista en la ventana del metro hasta encuentros azarosos con aparentes doppelgängers, pasando por espejos que se niegan a obedecer y sustitutos de carne y hueso.


Estos encuentros con el otro, con el opuesto de Nina, acompañados de la necesidad de cambiar para poder ser mejor en su papel, la llevan a sufrir de alteraciones que ella percibe como cambios físicos, transformaciones orgánicas al más puro estilo Cronenberg. Pero en realidad no está perdiendo la cordura, su mente sólo está interpretando lo que pasa en su interior de una forma visual, sensorial.


En medio de percepciones alteradas y emociones desatadas tras una vida de moderación y prudencia, Nina logra asumir esa maldad interna como algo propio, algo necesario, y la usa para conseguir sus objetivos sin darse cuenta de que sus acciones y su pelea con ella misma le costarán más de lo que cualquiera esperaría. No obstante, logra alcanzar la perfección y, con ella, la satisfacción. Entonces queda la pregunta: ¿vale la pena llegar al extremo con tal de ser perfecto?

La mitad del mundo

(Jaime Ruiz Ibañez, México, 2009)

A pesar de que esta película es de 2009, apenas está teniendo su estreno comercial. Ni siquiera me dan ganas de escribir sobre el estado del cine nacional, sobre las muchas películas que se terminan  de realizar y permanecen enlatadas por quién sabe cuánto tiempo, pues a fin de cuentas ese no es el objeto de este blog. Tampoco soy partidario de apoyar al cine mexicano sólo porque sí, justificando cintas mediocres o churros pretenciosos. Pero de vez en cuando se estrena una película nacional que llama la atención, que se diferencia de las demás, y a esas sí hay que apoyarlas. Es el caso de la ópera prima de Ruiz Ibañez.


La temática es simple: en medio del pueblito ficticio que da título a la cinta (que en realidad es Zacatecas) nos encontramos con Mingo, un adolescente distraido y soñador, con cierto retraso mental, que vive con su anciana madre y le ayuda a vender pollo. Sin embargo, empieza a experimentar inquietudes más bien físicas, incluso acercándose peligrosamente a cometer incesto. Para evitar complicaciones, su madre prácticamente busca "cruzarlo" cual perro, pero únicamente logra despertar en él su apetito por el sexo. Varias de las mujeres en el pueblo están solas y desatendidas por sus maridos, por lo que empiezan a buscar las atenciones de Mingo, quien las deleita con su sensibilidad de poeta. Todo sale bien, a excepción de las habladurías típicas de un proverbial "infierno grande", hasta que un crimen desata la ira mal encauzada del pueblo.


El tono es en general ligero y disfrutable, bastante feel-good, cómico y divertido. Logró hacerme reír en más de una ocasión y en general mantuvo una sonrisa adornando mi rostro en la oscuridad de la sala de cine. Al igual que en Abel (Diego Luna, México, 2010), conforme se aproxima al final cambia a un tono dramático sin sentirse forzado ni apresurado. Retrata la doble moral imperante en muchos ámbitos de nuestro país (no sólo en provincia) y lo difícil que le resulta a una sociedad tradicionalista hacer frente de manera abierta y madura a su propia sexualidad. Afortunadamente, evita ser una película más sobre la impunidad de los que están en el poder, pero no deja de evidenciar las injusticias que nadie se atreve a corregir. No se muestra mojigata a la hora de las escenas sexuales, pero tampoco las lleva al grado del mal gusto o la pretención artística innecesaria.

En resumidas cuentas, me pareció una película muy honesta, con algo que decir y bastante concreta. Espero que le vaya bien en cartelera y que su realizador pueda llegar lejos. Eso sí, me parece que la elección del título fue un poco desafortunada, tal vez me hubiera gustado que se llamara simplemente Mingo. Ah, claro, y una mención especial a la nubilidad de Paulina Gaitán, que qué bien se ve...


domingo, 6 de febrero de 2011

Barb Wire


La verdad, sólo me compré este trade por la portada de Adam Warren (Empowered) y por curiosidad de saber cómo eran los comics de Barb Wire. Obvio en su momento vi la película con Pamela Anderson, obvio era pésima (mas no esperaba otra cosa), sabía que estaba inspirada en un personaje de comics pero nunca había leído su título. El trade en cuestión reimprime, por algún extraño motivo, los números 2, 3, 5 y 6 de la serie publicada en 1994, escrita por John Arcudi y con arte a cargo de Dan Lawlis y Mike Manley.

Es una cosa extraña, un curioso intento por parte de la editorial Dark Horse de hacer algo parecido al comic de superhéroes sin llegar a serlo del todo. Demasiado noventero: tipos súper musculosos, ropa de colores chillones, un tipo con gabardina y cachucha, un cyborg atormentado por la pérdida de su humanidad, un grupo de villanos coloridos y los pantalones ajustados -y rosas- de la protagonista del comic brindan una experiencia nostálgica, aunque más bien me recordó los aspectos negativos de la década antepasada.

Hace un par de años se publicó un omnibus que reimprime la serie completa de nueve números y una miniserie de cuatro numeros adicionales, si algún día me sobra dinero y no hay nada más que comprar tal vez le dé una oportunidad, pero lo veo difícil. Más allá de una curiosidad medio kitsch y nostálgica, no hay mayor motivo para entrarle a este título.

Felon


Escrito por Greg Rucka y dibujada por Matthew Clark, este comic fue publicado entre 2001 y 2002 por Image Comics, bajo el estudio Top Cow, en el sello Minotaur Press. La propuesta original era para una serie de veinticinco números, pero una serie de manejos turbios por parte de la editorial resultaron en la publicación de solamente cuatro, con lo que hubiera sido el storyarc inicial.


Supe por primera vez de este título a través de una reseña en la revista Wizard, incluida en un artículo sobre varias miniseries medio de culto o que merecían mayor atención. Habiendo disfrutado mucho de otros títulos de Rucka (Queen & Country y Whiteout) me di a la búsqueda de los anhelados comics. No fue difícil conseguirlos, yo los compré por internet pero después descubría que también se pueden conseguir aquí en México (en la tienda de siempre).


La trama es sobre Cassiday, la delincuente titular, quien tras ser liberada al cumplir tres de los cinco años de condena que le dieron por un robo, decide buscar a sus compañeros en dicho golpe para vengarse de quien la delató y cobrar su parte del botín. Una historia de crimen con personajes duros, traiciones, atracos y mucha violencia, lo malo es que es apenas una probadita de lo que podría haber sido. La historia inicial de Cassiday se cuenta en los primeros tres números, el cuarto es dedicado a la agente del FBI Freeh, quien fue la que atrapó a la criminal la primera vez y está determinada a seguirle la pista ahora que está libre para cerciorarse de que vuelva a prisión en cuanto reincida en su camino malhabido. Para desgracia de esta agente, siempre va un paso atrás, llegando minutos tarde, al mismo tiempo que pone en riesgo su vida particular y lleva su afán por seguir a la exconvicta al límite de la obsesión.


El arte de Clark me resultó similar al de Tom Raney, mucho más adecuado para un comic de superhéroes que otra cosa. Me resultó peculiar ver un comic de crimen publicado por Image, como que desentona con el resto de su línea editorial. El mismo Rucka es de la opinión que lo que la editorial quería en realidad era un producto fácilmente adaptable a cine para poder vender los derechos (como tantos proyectos que pululan en el mercado del comic hoy en día). Entre las situaciones poco ortodoxas que rodeaban al fallido título se cuenta el hecho de que al colorista se le pagaba más que al escritor y al artista juntos, fue por esto que decidieron sacar el último número en blanco y negro (lo cual resultó más adecuado para el tono del comic).


Sólo nos queda imaginar lo buena que podría haber sido la serie completa. Desafortunadamente, nos quedamos con las ganas y con una historia a medias, con una no-conclusión bastante insatisfactoria.

sábado, 5 de febrero de 2011

El ABC del gore


El pasado viernes 28 se llevó a cabo el primer Noctambulante del año. Para quienes no estén familiarizados con el proyecto, les cuento: una vez al mes, generalmente el último viernes del mes (aunque a veces varía), los incansables amigos del colectivo Pánico de Masas organizan un maratón nocturno de películas. Estos eventos se realizan en distintas sedes por toda la ciudad, de ahí la parte "ambulante" del nombre. Cientos de personas estropeadas se reunen, provistos de sleepings, cobijas, pijamas y uno que otro colchón inflable, con el fin de pasar una divertida velada viendo películas (aunque muchos no aguantan y es normal empezar a escuchar ronquidos desde la 1 a.m.).

Dado el horario en que transcurren las proyecciones, es lógico que la programación tienda al lado del cine de horror y sus derivados. Además, esos géneros jalan más gente y lo que se busca en parte es que vayan muchas personas. Con esto en mente, Noctambulante inauguró el 2011 con una selección de películas gore de todos los tiempos. En total pasaron dieciséis películas en tres distintas áreas de proyección, uno podía organizar su itinerario e ir vagando de un área a otra, o bien instalarse cómodamente en una sola desde el principio (como hice yo).

En los poco más de dos años que tiene el proyecto, puedo decir con orgullo que he asistido a casi todos los maratones. He conocido distintos puntos de la ciudad y he podido ver muchas películas, algunas de ellas difíciles de conseguir o que tristemente nunca tendrán un estreno comercial en nuestro país. Pero no todo es bueno y maravilloso. Lo malo de ir a todos los maratones es que luego las películas se repiten. De las dieciséis películas programadas sólo no había visto cinco. Para acabarla de amolar, esas cinco estaban todas en horarios que se empalmaban, por lo que tuve que escoger sólo un par de ellas y volver a ver (una vez más) otras de las cintas programadas.


Pero entremos en materia. El área 2 dio inicio a las 20:30 con un performance de gusto cuestionable (aunque bastante bien realizado), que después dio paso a la proyección de Audition (Takashi Miike, Japón, 1999). Esta cinta es una mezcla curiosa de "cine de arte" con el género del horror, con resultados bastante buenos. Trata sobre un viudo que decide volver a casarse, pero no sabe cómo encontrar a una mujer adecuada para él. Un amigo suyo, director de cine, sugiere hacer una audición para una película inventada con el fin de entrevistar a varias candidatas con el perfil buscado. Dicho y hecho, Aoyama encuentra a la que parece ser su mujer ideal, Asami. Pero, claro está, las cosas no son lo que parecen.


Secuencias perturbadoras, alucinaciones oníricas y tortura llevada al extremo aderezan esta historia de venganza y rencor mal encauzados. Muy recomendable, lo que más disfruté fueron las expresiones del público que la veía por primera vez y no podía creer lo que estaba pasando en la pantalla. Más de uno emuló el sonido de una llanta al desinflarse, con el típico "¡tsssssss!" Eso sí, evítenla si son de estómago delicado o no les gustan las cosas extremadamente gráficas.


La segunda función fue Doghouse (Jake West, Reino Unido, 2009), la cual no había visto con anterioridad. La premisa inicial es sobre un grupo de amigos, todos varones, que deciden pasar un fin de semana entre puro macho para apoyar a uno de ellos, que se está divorciando y solía ser un ejemplo de hombría definitiva pero ahora está derrotado. Deciden ir a un pueblito llamado Moodley, donde se rumora que hay cuatro mujeres por cada hombre. Lo malo es que al llegar descubren que un virus convirtió a todas las féminas en zombis misántropas y deben luchar por sus vidas.

Dado que son tantos personajes y es difícil caracterizar profundamente a cada uno, parece que el guionista optó por recurrir a estereotipos arquetípicos: además del macho "castrado" recién divorciado tenemos al patán, al mandilón, al geek, al gay, al mandilón y sí, incluso tenemos al negro. Empieza flojona y en principio me recordó a las pésimas Lesbian vampire killers (Phil Claydon, Reino Unido, 2009) y Dead Snow (Tommy Wirkola, Noruega, 2009) por los temas de pueblito con mujeres y zombies respectivamente. Los chistes no logran más que risas fáciles y no se siente que los protagonistas corran ningún peligro auténtico. No obstante, la última tercera parte se pone bastante bien. Muchos de los personajes no logran salir con vida de su predicamento, la acción se pone interesante y los chistes son más ingeniosos, así que el final rescata la película y hace que valga la pena.


Después continuamos con Mutants (David Morlet, Francia, 2009), cinta que va en la tradición de 28 Days Later (Danny Boyle, Reino Unido, 2002) de mostrarnos zombis que en realidad no lo son. Aquí una plaga no descrita que se transmite a través de mordida transforma a su víctima en una bestia implacable, superfuerte, veloz y caníbal con un instinto asesino irrefrenable. Cabe mencionar que sus cuerpos se ven alterados, de ahí la mutación referida en el título. Empieza muy bien, directo a la acción y a situaciones difíciles: desconfianza y paranoia. Un ataque cerca del principio reduce la ya de por sí limitada cantidad de personajes a una sobreviviente y un moribundo. De ahí se mete a una exploración de la dinámica entre estos dos personajes, involucrados románticamente, mientras Sonia intenta salvarle la vida a Marco al mismo tiempo que trata de contactar a una base militar cercana, revelando que ella es inmune al virus. El ritmo se vuelve muy pesado, después agregan a un montón de personajes planos que nunca son desarrollados y sólo sirven para meterle un poco de acción a la historia sin aportar gran cosa. Para el final, ya no podía importarme menos quien vivía o quien moría, me había perdido desde mucho antes. Eso sí, los "monstruos" están muy bien caracterizados y tiene un par de secuencias de persecuciones muy bien logradas.


La penúltima función en ésta área fue Re-Animator (Stuart Gordon, Estados Unidos, 1985). Basada en un relato de H. P. Lovecraft, lo actualiza y lo transporta a nuestra época, haciendo de un cuento menor una gran película. West es un científico obsesionado con derrotar a la muerte que llega a la Universidad Miskatonic para continuar con sus experimentos. Ha desarrollado un suero que puede reanimar a los muertos, aunque estos se comportan violenta e incontrolablemente. Sonsacando a su compañero de cuarto, el dúo se mete en una serie de problemas que se van complicando más y más hasta desencadenar un auténtico escenario de holocausto zombi. La película mezcla adecuadamente el horror, el gore y el humor, haciendo gala de todos los recursos del cine de serie B en el que cualquier cosa puede ocurrir.


Por último, para cerrar con broche de oro, vimos Martyrs (Pascal Laugier, Francia, 2008). Por lo general no me gusta el nuevo cine de horror extremo francés (o como sea que le quieran llamar), ya que considero que es una tendencia bastante hueca. Películas como Haute Tension (Alexandre Aja, Francia, 2003) o À l'interieur (Julien Maury y Alexandre Bustillo, Francia, 2007), que por cierto también formaron parte de este maratón, son ejemplos claros de como el gore y la violencia dejan de ser una herramienta para contar una historia y sólo son mostrados por el puro shock value. Martyrs, en cambio, desarrolla un guión sólido y bien justificado, explicando de una manera completamente creíble el cómo y el por qué de lo que ocurre a cuadro. Pero no se queda ahí, además hace una interesante reflexión sobre la violencia y aborda temas de importancia universal, como el temor a la muerte y la incertidumbre del más allá. No les cuento nada de la historia pues es mejor verla sin saber de qué va la cosa. Ampliamente recomendable, pero con la advertencia de que tiene secuencias bastante fuertes y no para todos los gustos.


Y eso fue todo lo que vi. Me quedé con las ganas de ver I spit on your grave (Meir Zarchi, Canadá, 1978) y The loved ones (Sean Byrne, Australia, 2009). Como mención especial, también recomiendo una película que se proyectó en el área 1, Black Sheep (Jonathan King, Nueva Zelandia, 2007): comedia con borregos zombis. ¿Hace falta decir más?

Ahora sólo nos queda esperar un mes para el siguiente Noctambulante. Ya están la fecha (4 de marzo) y el lugar (Frontón Popocatepetl), falta que anuncien la programación.

jueves, 3 de febrero de 2011

El Avispón Verde

(The Green Hornet, Michel Gondry, 2011)

No soy ningún experto en El avispón verde, así que no puedo quejarme de si la película es fiel o no al espíritu del personaje. Este vigilante ha tenido muchas encarnaciones a través de las décadas, desde la radionovela original de los años 30, pasando por películas para televisión, comics y, tal vez su versión más conocida, la serie de televisión de los 60 con Van Williams y Bruce Lee. En todas estas variaciones hay temas que se han mantenido: Britt Reid es director del periódico The Daily Sentinel y por las noches opera como el Avispón Verde, su ayudante/chofer/sirviente Kato lo acompaña en sus aventuras día y noche, sus actividades se desarrollan fuera de la ley, la secretaria de Reid se llama Lenore Case y el coche del Avispón, the Black Beauty, cuenta con armamento pesado y artefactos diversos. En esencia, este justiciero forajido se dedica a combatir principalmente a corruptos delincuentes de cuello blanco, fingiendo ser un villano él mismo para poder involucrarse fácilmente con ellos y poder hacerles frente.


Hasta ahí parece que la más reciente adaptación se apega a los lineamientos preestablecidos para el personaje. Sin embargo, también hasta ahí llega lo disfrutable de la película. Co-escrita y protagonizada por Seth Rogen (quien también funge como productor ejecutivo), el guión está plagado de situaciones demasiado fáciles y chistes tontos. Los hechos que llevan a los personajes a tomar sus decisiones son excesivamente claros, se nota que sólo fueron incluidos en la trama por ser necesarios pero no se mantienen por sí mismos. El humor que intentaron meterle con calzador se siente demasiado bobo, me dio la impresión de estar viendo una película dirigida a un público infantil (mas no es el caso). La única vez que logró hacerme reír fue por las razones equivocadas, de tan mala que era una situación cerca del final.


Rogen no sólo no es creíble como un hombre de acción, sino que representa a Reid como un heredero inmaduro que sólo quiere echar desmadre. Él y Kato son un par de amigos (cuya amistad surge de la nada) divirtiéndose un rato y nada más. Y el Avispón Verde mismo es mostrado como incompetente, tonto y un completo hazmerreír. La secretaria, interpretada por Cameron Diaz, carece de encanto, atractivo o química con cualquiera de los otros dos co-protagonistas. Y para terminar con el elenco principal, Christoph Waltz es un desperdicio de actor; su villano es una mera caricatura, en ningún momento resulta intrigante o amenazante, es completamente plano y tampoco muestra un lado humano o vulnerable.


Michel Gondry hace un trabajo competente tras la cámara, hay un par de secuencias de acción muy bien coreografiadas y visualmente atractivas. También cerca del final, la secuencia en la que Reid ata los cabos sueltos hace uso de una narrativa visual casi surrealista, muy agradable, característica de la obra de Gondry. No obstante, me da la impresión de que si hubiera podido involucrarse más en el guión el resultado final podría ser mucho mejor. Es un dato poco conocido que Gondry fue la primera opción considerada para dirigir la versión fílmica del Avispón, allá por 1997 cuando por primera vez se planteó el proyecto y él todavía no dirigía ningún largometraje. A través de los años la realización se fue posponiendo y pasó por varias manos, entre los mencionados estuvieron Kevin Smith (cuya experiencia en el terreno de los comics y la comedia lo habrían hecho, a mi parecer, una mejor opción) y Stephen Chow (que hubiera dirigido a la vez que interpretado a Kato, otro realizador con más tintes cómicos que Gondry). Ahora sólo me queda curiosidad por leer el comic que escribió Smith para Dynamite Entertainment, para darme una idea de cómo habría quedado su filme.


Para terminar, sólo puedo agregar que me encantó la secuencia de créditos finales. Si toda la película hubiera tenido el desplante de colores y la frescura del diseño de los mismos me hubiera encantado. Supongo que la serie de los 60 también podía ser bastante boba, pero se puede entender como un resultado de una mayor ingenuidad propia de la época. Hoy en día, las bobadas no pueden justificarse de igual modo y los intentos de actualizar al personaje se perdieron por completo.